Hortensia

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Hortensia ya estaba harta del cuadro. Era un óleo viejísimo que le había dejado su tía, y colgaba ahí, en el salón, como un pariente incómodo. Dos décadas viéndole la cara. Era un paisaje marino, todo oscuro, con olas negras y un cielo gris que, según Hortensia, solo servía para darle mala vibra a la sala. La tía, que en paz descanse, era una chiflada que coleccionaba cosas "con rollito".

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Una tarde, mientras le pasaba el plumero (porque el polvo se le pegaba con rabia), Hortensia notó algo raro. Había una grietita, finísima, justo en la parte de abajo, donde el pintor había dibujado una roca. No era un defecto de la pintura, sino de algo que estaba detrás.

Se le encendió la bombilla. Fue a un cajón, buscó el punzón de bordar (su "herramienta de Indiana Jones") y empezó a meterlo con mucho cuidado por la grieta. El aire que salió olía a cerrado, a trastero... y, ¡qué va!, olía como a queso viejo.

Siguió hurgando, y al rato, el punzón tocó algo que se sentía blandito, como duro por fuera y suave por dentro. Tiró, y sacó un paquetito chiquitito envuelto en papel de estraza, como si fuera una pastilla.

¿Un diamante? ¿Un billete? ¡Qué va! Era un pedazo de Roquefort, seco como una piedra pómez y duro como una nuez. Las vetas azules, eso sí, seguían ahí, casi negras.

Hortensia se quedó con cara de póker. ¿Quién demonios esconde un pedazo de queso curado en un cuadro?
Se acordó de su tía, claro. La tía había vivido en Francia, metida en el rollo de los artistas. Buscó unas postales viejas y, ¡bingo! En una había una frase garabateada que decía: "El amor es como el Roquefort; necesita estar a oscuras y pasar mucho tiempo para que las vetas azules le den sabor a la vida, ¿sabes?"

Ahí lo entendió todo. El queso no era una merienda guardada. Era una cápsula del tiempo con olor. El artista, la tía, o quizá un ligue francés de esos que se echan en la juventud, había usado el queso, con su fuerza, su moho y su sabor a cueva, para sellar un recuerdo. Era un símbolo de algo que, como el buen queso, solo se ponía interesante con el paso de los años.

El queso ya no se podía comer, obvio, pero ese aroma intenso a bodega antigua era la prueba de que un recuerdo fuerte había estado ahí guardado, en secreto, por décadas.
A Hortensia ya no le pareció un cuadro feo. Le pareció un cofre de secretos. Y ese cielo gris y esas olas negras... ahora los veía no como una tormenta, sino como la entrada a una cueva muy, muy íntima.





Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.

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Hortensia | Ecency