Esta es la historia de Tite, un jubilado de Caballito que decidió que los pozos de las veredas no tenían por qué ser solo un peligro para las rodillas de los vecinos.
Para el señor Tite, caminar por Buenos Aires era como avanzar por un campo minado. Iba siempre con los ojos pegados al piso, esquivando las baldosas flojas que escupían agua sucia los días de lluvia y los huecos donde el cemento se había desgranado hacía años.
Tite no era un hombre de quejarse en la radio ni de armar comisiones vecinales. Él era más de hacer. Había trabajado toda su vida en un taller de marcos para cuadros, así que maña con las manos no le faltaba.
Un martes a la tarde, mientras tomaba unos mates amargos en la cocina, miró una caja de zapatos llena de azulejos rotos que le habían sobrado de cuando refaccionó el baño. Azul Francia, amarillo clarito, unos pedazos de cerámica que simulaban pétalos celestes.
—Esto en la calle es un peligro, pero en el piso puede ser otra cosa —pensó.
Agarró una bolsa de consorcio, metió los cerámicos, un martillo, un balde chico con cemento fresco y una espátula. Salió a caminar por la calle Rivadavia. No tuvo que andar mucho: a mitad de cuadra, justo frente a una panadería, faltaba una baldosa entera. El hueco estaba lleno de tierra seca y colillas de cigarrillos.
Se arrodilló sin importarle el dolor en las articulaciones. Limpió el pozo con paciencia de cirujano, volcó la mezcla y empezó a armar el rompecabezas. No tenía un plano en la cabeza, solo se dejó llevar por los colores. Primero el tallo, después una mano rústica que sostenía el brote, y finalmente abrió una flor enorme con pétalos celestes, como el cielo de la tarde que empezaba a caer. En una esquina, con un pedacito de losza blanca, firmó el nombre de un viejo poema que le gustaba: “Tan solo una flor”.
Los primeros vecinos que pasaron lo miraron de reojo, pensando que era un loco más de la ciudad. Pero una señora grande, de esas que vuelven del supermercado con el changuito pesado, se plantó a mirar.
—Qué lindo le está quedando, maestro. Al menos ahora uno mira el piso para sonreír y no para no trozar —le dijo.
Esa sola frase fue el combustible que Tite necesitaba.
Desde ese día, el barrio de Caballito cambió un poco. Tite se convirtió en una especie de fantasma asfáltico. Aparecía donde había un bache, trabajaba un par de horas en silencio, limpiaba todo el pastiche sobrante con un trapo húmedo y se iba. Los vecinos empezaron a guardar los platos rotos, las tazas rajadas y los azulejos viejos en cajas y se los dejaban en la puerta de su casa. Sabían que, tarde o temprano, Tite los transformaría en vereda.
Hoy, si uno camina con atención por Caballito, entre el ruido de los colectivos y el apuro de la gente, se puede encontrar con sus obras.
Son pequeños oasis de color pegados al cordón. Ya no son pozos; ahora son los lugares donde la vereda de Buenos Aires decidió florecer gracias a las manos de Tite.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.