«La belleza del cosmos no procede sólo de una unidad en la variedad, sino también de la variedad en la unidad».
— Umberto Eco
TERCERA PARTE
CONFLICTOS
Una gran cortina de joyas zafiros, esmeraldas y circones estaba justo frente a nosotros. De nuevo me encontraba dirigido por Helena hacia los interiores cada vez más suntuosos de su lujosa casa. Ascendimos por unas escaleras labradas con azabache y estaño. Eran extensas, calculé que podían abarcar hasta diez personas por lo mucho. Llegamos hasta la cima y allí nos esperaban otras dos damas, vestidas con los colores de la casa de Sovedosa; las hermanas de Helena.
— ¡Vaya! ¿Erasmus, no?, no has perdido tu gusto hermana.
— ¡Pero que osada eres Isabel, a menos hubieses esperado a que te lo presentara! —espetó Helena molesta. Isabel era, según los años vampíricos, la más joven de las tres; era una muchacha joven, aún más que helena, como una adolescente. Tenía el cabello rubio y lacio, con ojos amatistas iguales a los de sus hermanas; parece que era un atributo general y característico entre los vampiros. Era un poco más baja que Helena y más sonriente, con una personalidad más pícara que la de su hermana. Vestía un poco más provocativa, como incitando a la lujuria de quien la buscara. Tenía las manos pequeñas, con uñas larguiruchas y puntiagudas, quizás filosas y desgarrantes, como armas letales. Se acercó a mí y me dio un abrazo, enfrentando temeraria la ira de su hermana. Helena la apartó con su brazo, haciéndole un ademán de advertencia.
— ¡Cálmense ambas! Dentro de unos minutos estaremos frente a la presencia de Padre. —La mujer que habló era Carlota, quien parecía ser la hermana mayor de las tres. Era una mujer alta de cabellos castaños y recogidos. Poseía un rostro rígido y pronunciado, además de atractivo. Miraba a su alrededor con incisiva frialdad, o con cruel indiferencia; de las hermanas de Helena ella parecía ser la más centrada y severa. Vestía de manera más reservada, con un vestido que parecía una combinación entre lo arcaico y lo moderno. Me observó con dureza, como si mi aspecto, o mejor dicho, mi presencia no fuera apropiada para estar en los interiores de su casa. Su energía hizo que me sintiera bajo la mirada de un imponente y severo juez, quien sabe que pensamientos rigorosos pasaban por su cabeza.
Después de ser presentado ante las hermanas de Helena, la gran puerta frente a nosotros se abrió. Allí había un gran salón, justo como en mí sueño antes de despertar aquí. Hacia el fondo estaba el gran trono de la casa de Sovedosa, donde estaba sentado el padre de Helena, el Rex de todos los vampiros. Era un chico joven, mucho más que Helena pero aparentemente mayor que Isabel. Poseía un atractivo que seguro hacía rendir hasta la mujer más inclemente. A sus dos lados había personas de diferentes aspectos, sus ropajes eran distintos a los de la casa de Sovedosa y llevaban diferentes emblemas en sus pechos, por lo que deduje que eran personalidades de otras casas aristocráticas.
Los dos que estaban a la izquierda eran un hombre y una mujer. El hombre se veía algo mayor pero vigoroso, le calculé unos cuarenta años humanos. Llevaba el pelo corto y oscuro, sumamente bajo y de buen aspecto. Su rostro era varonil y perfilado, con una expresión rígida que resaltaba con su barba semifrondosa en la mitad de su cara. Vestía de rojo y gris; tenía el aspecto de un guerrero, y su emblema era una quimera roja con las patas en el aire como en modo agresivo. Recordé la explicación de Helena sobre las distintas casas vampíricas y supe que era de la casa de Alarcón, una de las tres principales. Mi esposa me susurró al oído diciéndome que el sujeto era Claudio Alarcón, cabeza de aquella casa aristocrática.
La mujer a su lado era Miriam de Villiers, líder de la casa Villiers; una dama de aspecto atlético y señorial. Sus cabellos eran grises y su rostro delicado. Portaba una coraza blanca encima de un vestido azul y reluciente. En su pecho exhibía el emblema de los Villiers; un tritón con una alabarda en una mano y un libro en la otra. La mujer esgrimía un rostro sereno, apacible que transmitía un aura de sabiduría, pura y penetrante, como si escudriñara en lo más profundo de mi ser.
Los dos hombres que estaban a la derecha de Tristán tenían aspectos diferentes, pero usaban ropas del mismo color. Uno de ellos era un muchacho; Valerio Montiel, quizás de la misma edad de Tristán en años humanos. Su vestimenta era plateada y casual, parecía bastante moderna. El hombre a su lado; Aníbal Montiel, se veía más viejo y un poco más alto que el chico, y con un corte de cabello juvenil. Lo tenía rapado hacia los lados con una cola de caballo de estilo samurái. Usaba la barba bien cuidada y no se veía tan rígido en expresión como el muchacho junto a él. Helena me dijo que esos eran los hermanos Montiel; los hijos del grifo argentino. Ambos estaban a la cabeza de su casa, como en una diarquía dentro de su familia.
Todos los presentes líderes de las casas principales me observaban con suma rigurosidad. Parecía estar en un momento de poderosa tensión, aunque sentía en realidad que sería ofrecido a una especie de ritual milenario.
—Helena, estoy contento que me presentaras finalmente a tu esposo, —manifestó Tristán con afabilidad—, pero no estamos para celebrar bodas ni uniones. Recuerda que en estos momentos estamos en apuros, si quieres que te de mi Bonum Absolutum, deberás esperar a que solucionemos nuestros asuntos. Hijas mías, las hice pasar para que estuvieran al tanto, pero luego hablaremos con más detenimiento, ahora déjenme solo con los líderes de las casas principales, luego iré con ustedes.
Helena al unísono con sus hermanas asintieron respetuosamente y dejamos el gran salón de inmediato. Helena y yo nos apartamos del resto para explicarme la situación.
—Disculpa mi amor, esto no era como lo había planeado. —Dijo Helena suspirando al final. —Actualmente nuestro mundo está agitado. Nos encontramos en un escenario grave, parece que los «Nephilims» están buscando la manera de evadir el pacto.
— ¿Quiénes son los Nephilims? —Pregunté pasmado y curioso.
—Nuestros mayores enemigos. —Respondió Carlota quien estaba tras nosotros sorprendiéndonos oyendo nuestra conversación. —Son seres patéticos mitad humano mitad ángel que solo quieren destruirnos. Los ángeles los desprecian por ser producto del pecado, y por su aberrante naturaleza los maldijeron para que solo pudieran ir a una sola parte del Tártaro después de morir. Los muy bastardos piensan que con destruirnos a nosotros tendrán asegurado su pasaje al cielo, ¡que imbéciles!
—Verás querido Erasmus, —prosiguió Isabel esta vez—, Hace siglos estuvimos en guerra contra los propios ángeles, por la dominancia de este mundo, pero luego mucho de ellos se detestaron por querer apoderarse de lo mundano, así que decidieron quedarse con el mundo celestial. Pero había una rama de los ángeles que aún querían estar conflicto contra nosotros por la supremacía, estos ángeles fueron expulsados del cielo por Miguel y su ejército y en consecuencia se mezclaron con humanas incautas creando la raza de los nephilims.
—Desde entonces, —continuó Helena—, tienen la idea de que al vencernos los ángeles les tendrán consideración y los dejarán ascender al cielo, pero nunca pasará, porque jamás podrán expiar ese pecado que llevan consigo, sin embargo, no lo quieren entender. Hace tres siglos aproximadamente hicimos un pacto de paz, ni ellos podían atacarnos ni nosotros a ellos, y cada quién en su territorio, pero al parecer, quieren romper ese acuerdo. Es por eso que la situación últimamente ha estado muy… tensa.
El conflicto entre nephilims y vampiros parecía ser aún más complejo, no obstante mi interés por el momento no se caracterizaba por indagar la situación, sino por conocer básicamente todo lo que me rodeaba. Después de eso comencé a sentirme mareado, como débil. Miraba a mi alrededor y todo estaba borroso. Me coloqué lentamente de rodillas sobre el suelo mientras Helena me hablaba preocupada por mi estado.
— ¡Oh mi amor, no te has alimentado! ¡Deprisa, ven conmigo, te llevaré por un poco de comida!
CONTINUARÁ...
Escrito por
@universoperdido. 19 de Febrero del 2021
La foto de portada es de mi propiedad, tomada con un celular moto e4 y editada con PhotoScape y Snapseed.
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