Él cree que es el mundo. No imagina que más allá de sus pupilas existe la eternidad. Aún no ha nacido y ya quiere caminar.
Ya no imagino qué serán de sus días sin la terrible melancolía. Todo lo pasado ha quedado devastado. La cura ha llegado cuando menos lo ha esperado. La imaginación es producto de lo que somos: etéreos.
De la nada, un temblor lo sorprendió, su cuerpo no le respondió, se heló. Ni un suspiro logró brotar de aquel cuerpo inmóvil. La muerte, como siempre, sorprende, te avisa que ha llegado. Te toma de la mano y te invita a transitar un nuevo camino, con retorno, quizás.