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Varias veces Clara se paraba por la ventana de la casa, contemplando las casas de afuera. Casas grandes, muy cerradas, de esas que esconden historias y secretos que solo aquellos con la curiosidad suficiente se pueden imaginar.
Pero ella no estaba interesada en los secretos. Estaba interesada en algo más mundano, más peregrino, más vago: marcharse, dejarlo todo atrás, sentir la libertad sabiendo que no regresaría.
No pensaba en morir, aunque en su mente la idea también se le había pasado en medio de las lágrimas solitarias. Ella pensaba que quizás marcharse de ahí sin dar explicaciones, sin dar nada a cambio, era la mejor forma de liberarse de todo lo que la mantenía atada a esa casa. Que marcharse la curaría de su depresión, que la liberaría de estar escuchando a su madre esquizofrénica hablar sola o explotar de ira cada vez que se le decía algo, que dejaría atrás a una familia de por sí rota y dividida por los odios eternos entre hermanos, que buscaría a nuevas amistades que puedan escucharla sin juzgar ni darle consejos no pedidos... Que sola se enfrentaría a la vida porque al final así acabó: sola, con poca gente a qué recurrir, sin empleo fijo y estable, sin casa.
Lo último no le asustaba. Ella sentía que aquello era su destino, aunque luchaba por cambiarlo. Porque era de la firme creencia que el destino no es algo a lo que uno se tenía qué resignar: era algo que se podía moldear a gusto.
Y se dio cuenta, conforme el sol se alzaba en el horizonte, que a pesar de que la vida es complicada y el mundo convulso, todavía los sueños se pueden perseguir... Siempre con la conciencia de que todo sueño requiere mucho sacrificio, tiempo, y esfuerzo.
¿Marcharse de casa sería un sacrificio? Quizás sí, quizás no. Eso estaba por averiguarlo.