En la observación crítica acerca del mundo y sus conflictos, uno puede fácilmente encontrarse perdido en la inmensa complejidad de las situaciones sociales. Personalmente he experimentado este problema en muchas ocasiones, en mi actividad como documentalista e investigador social.
Es verdad que resulta muy fácil para muchos ignorar la dificultad de esa tarea —comprender con claridad las situaciones del mundo—, porque poseen un lente ideológico que les permite anular toda duda y obtener así alguna clase de certeza. No obstante esa seguridad en el conocimiento, que simplifica —y falsifica— lo percibido, es una herramienta negada a todo hombre que valore en algo grado el principio de la honestidad intelectual.
Para nosotros, los investigadores sociales, ese frustrante laberinto de informaciones puede convertirse en un elemento muy desesperanzador, no solo en relación a nuestro trabajo, sino también a aquellas terribles situaciones del mundo que diariamente investigamos. Sin embargo, he observado que incluso las personas que se encuentran lejos de la actividad investigativa sienten frecuentemente esa intranquilidad, cuando ante ellas aparecen las contradicciones de los conflictos sociales, y entonces no saben como comprender con lucidez estos asuntos.
No hay duda en que la falta de certeza puede ser el origen de una gran incomodidad para cualquier tipo de persona, tanto más si la confusión surge acerca de problemas importantes y peligrosos en los que estamos involucrados, y que superan por completo nuestras capacidades individuales.
Creo sinceramente que esa es una de las causas psíquicas más importantes de la “ideologización” demostrada por tantos estudiosos, quienes supuestamente han de esforzarse por practicar en todo momento la objetividad, pero caen en la repulsiva tendencia simplista de las ideologías. Es más fácil prejuzgar con injustificada certeza las realidades que afrontamos, que permanecer cuestionándolas para siempre.
A pesar de todo, mi fuerte interés en la filosofía y la psicología me condujo a una especie de descubrimiento muy profundo, que pudo anular en mí esa ansiedad y me obsequió una gran paz emocional. Ese descubrimiento fue simplemente el hecho de que nuestra incapacidad para comprender la realidad, es causada por nuestro extravío en un mero laberinto de consecuencias.
La sociedad occidental se caracteriza por la constante invitación a centrar nuestra atención siempre en el campo de los efectos, y a esforzarnos por encontrar allí respuestas para la totalidad de nuestra vida. Pero ese camino es una calle ciega, pues allí solo se encuentran las consecuencias de las motivaciones humanas. Debajo de ese campo reside el profundo reino de las causas, que muy pocos individuos desean explorar.
A pesar del incesante discurso de las ideologías colectivistas, los hechos primordiales que conforman los fenómenos sociales son exclusivamente individuales. Según lo expresó Terence Mckenna:
Todo cambio histórico en el que puedas pensar... de hecho, cualquier tipo de cambio en el que puedas pensar —no solo en cuánto a seres humanos—, cualquier cambio en cualquier sistema que puedas concebir, es siempre rastreable en última instancia hasta una unidad del sistema, que está experimentando alguna fase de cambio en su propio estado. No existen las decisiones grupales. Ese tipo de cosas vienen después. El genio de la creatividad y la iniciación de la actividad residen siempre en el individuo.
Por esta razón, si verdaderamente deseamos comprender la situación humana, debemos dirigir nuestra atención a los fenómenos individuales, a las capas psíquicas desde las que brotan todas nuestras guerras, transformaciones sociales y conflictos en nuestras relaciones.
Indudablemente Jiddu Krishnamurti entendió este hecho con claridad, cuando aseguró que la crisis humana es, en realidad, una crisis interna, psicológica, pero que los seres humanos no estamos dispuestos a afrontarlo.
~Spirajn Senpretend~
Otras fuentes: Imagen de Bertrand Russell, afiche Sona Sewi.