La noche se hace dueña de todo, y transciende en silencio, callada, y me toca desde el borde de la ventana, donde cuelgo mis velas, por donde lanzo versos a la luna, y me toca tan sutil que se desparrama en mis huesos, me vuelve oscuro, frío; hay llanto callado en el pecho de esta ciudad donde los edificios mueren; los postes se apagan... Y las torpes velas en mi ventana las besa la noche que llora en mí, y yo lloro en ella, mientras miro por la ventana y llueve, y no hay cielo.
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