Introducción a la electrocultura: la electricidad del aire

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Con buen tiempo, el aire que nos rodea está cargado de electricidad. No se nota, pero se mide: entre el suelo y un punto un metro más arriba hay una diferencia de unos 100 voltios, y con tormenta puede pasar de 10.000. Lo dejó escrito el Departamento de Agricultura de Estados Unidos en 1926, y es la cifra que siguen usando hoy quienes trabajan con esto.

La electrocultura es la idea de aprovechar esa electricidad, la que ya está en el aire y en la tierra, para que las plantas crezcan mejor. Sin enchufes y sin abonos, con un poco de cobre bien puesto. Aquí se cuenta en qué se basa, qué se ha medido y cómo comprobarlo uno mismo con dos platos de semillas.

Qué es la electrocultura

El cielo y la tierra se comportan como los dos polos de una pila enorme. Con tiempo despejado, la tierra tiene carga negativa respecto al aire, y por eso baja continuamente del aire al suelo una corriente muy débil, que atraviesa todo lo que encuentra en medio, plantas incluidas. La electrocultura parte de una sospecha antigua: que esa corriente forma parte de lo que hace crecer a las plantas, y que se le puede echar una mano.

Hay dos maneras de hacerlo. La primera añade electricidad: una máquina carga unos alambres tendidos sobre el cultivo. Es la que probaron los laboratorios y los gobiernos hace un siglo. La segunda no añade nada: coloca un conductor, casi siempre de cobre, para recoger o canalizar la que ya hay. Esta es la que cualquiera puede hacer en su casa o en su huerto, y la que interesa aquí.

Para qué sirve, según quien la practica

A la electrocultura se le atribuyen semillas que germinan antes, plantas más grandes, cosechas mayores, menos plagas y menos necesidad de riego y de abono. Un aficionado que lleva años probándola lo contaba en 2025 desde su huerto. Puso en la punta de una caña de bambú una estrella de cobre grueso y bajó un hilo hasta clavarlo en la tierra, y ese mismo día «todas las plantas de alrededor» levantaron las hojas, también los calabacines, «que siempre tienen las hojas en el suelo». «Esto sí he visto que funciona, y es totalmente pasivo». En otra ocasión bajó una antena parecida hasta un estanque de agua turbia, y a las dos o tres horas, dice, ya se veía el fondo.

Son testimonios, sin medidas detrás. Lo interesante es que algunas de esas promesas sí se midieron, y hace casi cien años.

Un poco de historia

El pionero moderno fue el profesor finlandés Selim Lemström, de Helsinki. Le llamaba la atención lo deprisa que crece la vegetación en el norte, bajo las auroras boreales, y sospechó que la electricidad del aire tenía que ver. Tendió alambres sobre campos e invernaderos, los cargó con una máquina electrostática y, en su libro de 1904, calculó la mejora «por lo bajo» en un 45 %, más cuanto mejor abonado estaba el campo.

En Inglaterra, John Newman y el físico Oliver Lodge informaron de un 21 % más de trigo de media entre 1905 y 1911, y en 1917, en plena guerra, el Gobierno británico montó ensayos a gran escala cerca de Hereford. Pero la revista que lo contó, The Electrical Experimenter, reconocía que los usuarios de aquel aparato habían obtenido resultados «muy contradictorios».

Ilustración antigua de un cultivo de hortalizas de noche, con hileras de postes que sostienen alambres brillantes tendidos sobre las plantas; a la derecha, una caseta abierta en sección muestra dentro el generador eléctrico que carga los alambres.

Un cultivo inglés tratado con alambres cargados, de noche, y la caseta con el generador. The Electrical Experimenter, noviembre de 1917, dominio público.

En Estados Unidos, el Departamento de Agricultura lo probó ocho años en Arlington, en Virginia, y no encontró «ningún aumento bien definido». Su informe recoge también el «geomagnetífero», «una especie de pararrayos» para llevar la electricidad del aire a los cultivos, con buenos resultados según quienes lo usaban: el antepasado de la antena de cobre de hoy. En Francia, Justin Christofleau patentó en 1920 su «aparato electromagnético terro-celeste», el primero de varios.

La electrocultura con máquinas dejó resultados que unos veían y otros no. La del cobre sin enchufe se midió mucho menos, pero lo que se midió con método llegó a dos academias de ciencias.

El aro de cobre de Lakhovsky

Georges Lakhovsky, el ingeniero ruso afincado en París que ya salió en los testimonios de energía escalar, sostenía que cada célula vibra como un pequeño circuito eléctrico. En 1924 había tratado con un aparato de ondas cortas geranios con tumores provocados por una bacteria. En enero de 1925 probó algo mucho más sencillo: rodeó uno de treinta geranios inoculados con una espira de alambre de cobre rígido y desnudo, abierta, es decir, con los extremos sin unir, sostenida por un soporte de ebonita, que no conduce la electricidad. No estaba conectada a nada.

A finales de enero habían muerto todos los demás. A finales de febrero, el tumor de ese geranio se había secado y caído solo. Tres años después, siempre dentro de su aro, medía 1,40 metros, mucho más que esquejes normales un año mayores, tenía los tallos más rectos y florecía incluso en invierno. Lakhovsky lo presentó en 1928 ante la Academia de Ciencias de París, con fotografías.

Fotografía antigua de un geranio muy alto y frondoso en una maceta, rodeado por un aro de alambre a media altura; a cada lado, en macetas pequeñas, dos plantas secas y sin hojas.

El geranio de Lakhovsky en marzo de 1928, todavía con su aro de cobre, y a los lados dos de las plantas de control, muertas. Comptes rendus de l’Académie des sciences, 1928, dominio público.

Su explicación es distinta de la de las antenas. El aro no recoge la electricidad del suelo, sino que vibra con las ondas que cruzan constantemente la atmósfera, las de los rayos, las chispas de los motores y la radio, y su tamaño decide con cuáles: uno de 30 centímetros resuena con ondas de unos dos metros. Por eso va aislado y no clavado en la tierra.

Un geranio solo no prueba nada. Lo que da peso a la historia es que otros lo repitieron y lo midieron.

Lo que midieron en Bolonia y en Montpellier

En la Universidad de Bolonia, G. Mezzadroli y E. Vareton pusieron a germinar semillas de trigo, judía y remolacha, cincuenta por recipiente, unas dentro de un aro y otras sin él, en las mismas condiciones, y contaron cada día cuántas brotaban. El aro era un alambre de cobre desnudo de 5 milímetros de grosor, de una sola vuelta de 30 centímetros, aislado en el aire. Lo publicó la Academia de los Linces de Roma en 1929:

  • Trigo: al séptimo día habían germinado 48 de 50 semillas dentro del aro y 24 fuera. El doble.
  • Judías sobre algodón húmedo: 44 frente a 35.
  • En resumen: entre un 25 % y un 50 % más de semillas germinadas, y de uno a tres días antes.
  • El metal importa: el cobre grueso, de 5 a 8 milímetros, funcionó mejor que el fino; el níquel, igual que el cobre; y el latón no hizo nada.

En la Escuela de Agricultura de Montpellier, Labergerie puso aros alrededor de matas de patata de 1926 a 1930, en tierra firme, en arcilla compacta y sin abono, y lo presentó en 1931 en la Academia de Ciencias de París. Con aro de cobre, las patatas se conservaron bien y se pudieron replantar varios años seguidos, cuando en esa tierra lo normal era que degeneraran. Las ratas y los alacranes cebolleros no tocaron las matas con aro, y las de control quedaron «casi enteramente destruidas». Con aluminio la cosecha bajó, y con plomo salían más patatas, pero se pudrían.

Y midió algo que nadie más había mirado: hacia dónde mira la abertura del aro. En más de doscientas matas, con la abertura hacia el norte el rendimiento fue de 10, hacia el sur de 5,5, hacia el este de 4 y hacia el oeste de 3,5. El aro funcionaba mejor inclinado hacia la vertical que tumbado, y con las puntas hacia arriba no hacía nada, o incluso perjudicaba.

Ninguno de estos ensayos se hizo a ciegas, y con los años nadie los continuó. Pero son medidas, publicadas con su método, y se pueden repetir.

La antena de cobre necesita tierra firme

La antena funciona de otra manera. Es un mástil de madera o de caña con cobre en lo alto, un cable que baja y otro trozo de cobre clavado en el suelo. Lo que aprovecha es la diferencia de 100 voltios por metro entre el aire y la tierra, y de ahí salen sus dos condiciones: tiene que estar al aire libre y tiene que tocar la tierra. Una maceta de plástico en un balcón queda bastante aislada del suelo, y dentro de una casa ese campo eléctrico prácticamente desaparece.

Esquema en dos paneles. A la izquierda, un mástil de madera clavado en un huerto, con una estrella de cobre en lo alto y un cable de cobre que baja por el mástil hasta otro trozo de cobre clavado en la tierra, entre flechas que indican unos 100 voltios por metro entre el aire y el suelo. A la derecha, tachada, la misma antena en una maceta dentro de una casa.

Cómo se monta la antena de cobre, y por qué dentro de casa recoge muy poco.

Los dos ensayos modernos lo ilustran sin proponérselo. En 2025, la Universidad Marquette de Milwaukee probó varillas envueltas en cobre en macetas dentro de un laboratorio, y no encontró ninguna mejora; pero midió lo que la varilla llevaba a la tierra, y eran dos milésimas de voltio: allí dentro no había nada que recoger. Ese mismo año, en Nigeria, unas antenas en espiral junto a plantas de quimbombó en macetas al aire libre dieron 156 frutos frente a 67, aunque con solo 18 plantas.

La regla práctica: la antena, fuera y clavada en tierra firme; el aro de Lakhovsky, que va aislado, vale también en una maceta o en un plato dentro de casa.

Cómo probarlo en casa

El experimento de Bolonia se puede repetir en una cocina en una semana:

  1. Dos platos iguales de unos 20 centímetros, para que el aro quepa alrededor con holgura, con arena lavada o algodón húmedo. Cincuenta semillas en cada uno, de la misma bolsa y repartidas al azar, sin escoger las mejores para ningún plato. El trigo dio la diferencia más clara; las judías también sirven.
  2. Un aro de alambre de cobre desnudo, lo más grueso que se encuentre, de una sola vuelta y unos 30 centímetros de diámetro, con los dos extremos separados un par de centímetros, sin tocarse. Lo más parecido al de Bolonia es el cable de tierra de cobre desnudo de 16 mm², de unos 5 milímetros de grueso, que se vende por metros en tiendas de material eléctrico. Basta un metro, doblado alrededor de un cubo o una olla de 30 centímetros para que quede redondo.
  3. El aro, alrededor de uno de los platos, apoyado sobre tres vasos de plástico o tacos de madera seca, a la altura de las semillas y sin tocar nada metálico. Si se quiere seguir a Labergerie, con la abertura hacia el norte, que se encuentra con la brújula del móvil.
  4. El otro plato, sin aro, a unos metros, en la misma habitación. En Bolonia los platos estaban a entre 20 y 25 grados, a oscuras o con luz difusa, así que mejor un rincón templado y sin sol directo. Los dos reciben la misma agua, medida con la misma cuchara o jeringa.
  5. Contar cada día, a la misma hora, cuántas semillas han brotado en cada plato, es decir, cuántas asoman ya la raíz, y apuntarlo en una tabla de tres columnas: el día, las del aro y las del plato sin aro.
  6. A la semana, medir las plantitas de cada plato. En Bolonia, las del aro siguieron creciendo después y conservaron la ventaja.

Esquema en tres paneles. El primero muestra un aro de cobre de 30 centímetros con los extremos separados unos 2 centímetros. El segundo, visto desde arriba, muestra un plato con semillas dentro del aro, que se apoya sobre tres vasos, con la abertura hacia el norte, y otro plato sin aro aparte. El tercero, visto de lado, muestra una mata en la tierra con el aro inclinado casi de pie a su alrededor, atado a una estaca de madera y con la abertura al norte; debajo, tachado, un aro con los extremos doblados hacia arriba.

Cómo hacer y colocar el aro, según los ensayos de Bolonia (1929) y Montpellier (1931).

Para leer el resultado conviene saber qué diferencia cuenta. Dos o tres semillas de más o de menos salen por azar entre dos platos cualesquiera. En Bolonia el trigo dio 48 frente a 24, y las judías, en torno a un 20 % más al final de la semana. Lo más útil es repetirlo una segunda vez cambiando el aro de plato y de sitio: si la ventaja se va con el aro, se debe al aro; si se queda en el mismo rincón, se debía al rincón. Un tercer plato con un aro de latón, que en Bolonia no hizo nada, hace la prueba todavía más convincente.

En el huerto vale lo mismo a mayor escala: aros de cobre alrededor de algunas matas y otras matas iguales sin aro para comparar. Labergerie clavaba una estaca de madera entre cuatro matas, separadas unos 35 centímetros, y ataba a ella un aro para cada una, sin echar abono. Comprobó que funcionaban mejor inclinados, casi de pie, que tumbados, y con la abertura al norte; con los extremos doblados hacia arriba no hacían nada.

Todo esto descansa sobre lo que contaba al principio: la electricidad del aire es real, se mide y está encima de cualquier huerto todos los días del año. Las plantas han crecido siempre dentro de ese campo, con las raíces en un polo y las hojas en el otro, y desde hace un siglo se estudia si un poco de cobre bien puesto las ayuda a aprovecharlo mejor. No se trata de fabricar energía, sino de dejar de aislar a las plantas de la que ya les cae encima.


Fuentes

La electricidad del aire e historia

L. J. Briggs, A. B. Campbell, R. H. Heald y L. H. Flint, «Electroculture», Department Bulletin n.º 1379, Departamento de Agricultura de Estados Unidos, enero de 1926. El gradiente de 100 voltios por metro, los ocho años de Arlington, el repaso de Lemström, Newman y Lodge, y el «geomagnetífero»:
archive.org · USDA, Electroculture, boletín 1379 (1926)

S. Lemström, Electricity in Agriculture and Horticulture, Londres, 1904:
https://archive.org/details/electricity-in-agriculture-and-horticulture-lemstrom-1904

«Electricity Being Used to Hasten Crops», The Electrical Experimenter, vol. V, n.º 7, noviembre de 1917, pág. 439. De ahí sale también la ilustración:
https://archive.org/details/electrical-experimenter-1917-11

Justin-Etienne Christofleau, patente FR 529.202, «Appareil électro-magnétique terro-céleste», solicitada el 6 de julio de 1920:
https://patents.google.com/patent/FR529202A/fr

Lakhovsky, Bolonia y Montpellier

G. Lakhovsky, «L’action sur les êtres vivants des circuits oscillants captant les ondes cosmiques», Comptes rendus de l’Académie des sciences, t. 186, sesión del 11 de abril de 1928, págs. 1019-1021, con las fotografías del geranio:
https://archive.org/details/comptes-rendus-hebdomadaires-academie-des-sciences_1928-04-11_186_15

G. Lakhovsky, «Explication des effets thérapeutiques des circuits oscillants ouverts», Comptes rendus de l’Académie des sciences, t. 188, sesión del 25 de febrero de 1929, págs. 657-658, presentada por d’Arsonval:
https://archive.org/details/comptes-rendus-hebdomadaires-academie-des-sciences_1929-02-25_188_9

G. Mezzadroli y E. Vareton, «Azione esercitata da un circuito metallico oscillante sulla germinazione dei semi», Rendiconti della Reale Accademia dei Lincei, serie 6, vol. IX, 1929, págs. 350-355:
https://archive.org/details/rendiconti-lincei_1929_9

Labergerie, «Action des circuits oscillants sur la dégénérescence des pommes de terre», Comptes rendus de l’Académie des sciences, t. 192, sesión del 26 de mayo de 1931, págs. 1408-1410:
https://archive.org/details/comptes-rendus-hebdomadaires-academie-des-sciences_1931-06_192_22

Ensayos modernos

M. Chier, A. Oakey, M. L. Budny y N. P. Lemoine, «Passive electroculture using copper rods does not improve yield in home container vegetable gardening», PLOS ONE 20(8): e0329615, 7 de agosto de 2025:
https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0329615

A. O. Atanda y otros, «Effects of Electroculture Antennas on Okra Growth and Yield Performance», IKR Journal of Agriculture and Biosciences 1(4): 229-237, noviembre de 2025, Politécnico del Estado de Kwara, Nigeria:
https://ikrpublishers.com/wp-content/uploads/2025/11/IKRJAB24246-2025.pdf


El testimonio del huerto y el del estanque son de un aficionado con años de práctica, en una grabación de abril de 2025 y una nota de voz de enero de 2026; se ha omitido su nombre. Los dos esquemas y la portada los he hecho yo, y las dos láminas antiguas, de dominio público, las he pasado a duotono. Todas las traducciones del inglés, del francés y del italiano son mías.


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