Saludos hermano.
Disculpa la tardanza en escribirte, pero gracias a Dios me robé un momento para expresar mi situación actual. Me refiero al problema que presenté cuando llegué a este pueblo. Dale primeramente un gran beso a mamá y dile que por favor cuide como siempre a Juanito, que le dé ese amor que nunca le pude dar como padre. Bendiciones para ellos.
A ti, te agradezco sirvas de portavoz de esta comunicación. Te comento. Apenas llegando al pueblo con la ilusión de trabajar en la extracción de oro, pues, lo primero que me encuentro es un pueblo desolado, eso me pareció extraño, se veían casas en ruinas, calles destruidas, ni animales se encontraban por el camino. Todo lo contrario a lo ostentoso del preciado metal.
En cierto punto, llegué a pensar que me había equivocado de ruta y el caserío era otro, pero el aviso a la entrada decía su nombre, bien claro, “El Porteño”; en ese momento me brillaron los ojos, sólo con pensar en la cantidad de oro que iba a conseguir y por consiguiente mi vida cambiaría. No me equivoqué, desde allí todo cambió.
Comencé a sentir temor, escuchaba ruidos extraños, pero no se veía nada. A tal punto, que en cierta ocasión grité varias veces como un loco, quedando totalmente afónico. Después busqué un sitio donde alojarme, siendo esto lo más fácil, pues todo estaba desocupado.
Al siguiente día, hubo un fenómeno extraño, en mi piel aparecieron rosetas de unos tres centímetros de diámetros, rojizas y bien circulares, brotaron cinco al principio, una por el cuello, una en el tórax, una en el abdomen y dos en las manos; después desaparecían, pero irrumpen nuevamente.
Esta serie de eventos, se los achaqué a la adaptación a la zona.
Me acostumbré a ellas.
Descansando sobre un sillón viejo y destartalado, dos estallidos me levantaron, eran detonaciones; claro que me asusté, pero también me dio indicio que había personas en el sitio, no estaba solo.
Indagué la zona por donde creí haberlo escuchado y nada, aún así continuaba sin aparecer alma alguna.
El pueblo de oro, existe en la mente de avaros, tal vez como la mía; por eso, ahora cumplo mi encierro con varias personas que al igual que yo tuvimos el sueño del metal precioso, pero que en realidad son ellos, los llamados “Progresistas” los que tienen al pueblo como un cementerio seco, un nido de trampa para ponernos como esclavos a trabajar para su fin.
Las rosetas persisten, así como mi cuerpo bañado en oro, aunque, para otros.
Los quiero.