Luego de meditarlo, Casta se siente ofendida, pues recuerda que desde el principio le había dicho a Anacleto que su amor sería siempre casto y que sin importar que se casaran, ellos se mantendrían vírgenes, pues por alguna razón el cielo lo había elegido de esa forma y que era una promesa que le había hecho a su abuelita.
Amor sin la carne invita
la santidad esperada,
además que a mi abuelita
le prometí una mañana
mantenerme virgencita
aunque fuera bien amada.
Te lo dije y lo repito
de que te amo no lo niego,
pero estate ya sosiego,
va a tomarte un cafecito
y a olvidarte, te lo ruego,
si tu amor es pequeñito
y no puede con el fuego.
Mientras yo, por ti ya rezo
para que entres en razón
y no rasques tu pescuezo
pensando en mi corazón,
en un descuido con eso
se acabe tu comezón.
Triste y cabizbajo, Anacleto no dice una palabra. Sabe bien que su amor por Casta es algo incompleto. Piensa que tal vez algunas copas de vino le aclararán la mente y que es mejor que ponerse a llorar delante de ella, sin embargo, casi sin pensarlo las lágrimas acuden a su pálido rostro que rápidamente oculta entre las sombras…
Poesia y arte
@saulos