“Cuenta una leyenda oriental que las personas destinadas a conocerse tienen un hilo rojo atado en sus dedos. Este hilo nunca desaparece y permanece constantemente atado, a pesar del tiempo y la distancia. No importa lo que tardes en conocer a esa persona, ni importa el tiempo que pases sin verla, ni siquiera importa si vives en la otra punta del mundo: el hilo se estirará hasta el infinito pero nunca se romperá”.
Almas prestadas al unísono, de intervalos breves, largos, o eternos según su intensidad, alimentadas por reciprocidad, pasión, defectos y valores.
Y es que en mí, resplandece la inmutable experiencia de tu ser, la ambigüedad de tus gestos y pensar, la curva menguante de tu sonrisa, la picardía longeva de tu experticia.
Somos polos opuestos que adoran la cercanía pero añoran inmensamente la distancia, tus ojos son el recuerdo esporádico que comparo con el mismísimo sol, mi Déjà vu constante, de rincón en rincón.
Y es que sos tan mía... que sería egoísta no regalarle el libre albedrío a tu sonrisa, pues es tu boca manantial de inocencia y sabiduría, y entre tantas cartas, son variadas mis teorías de cómo vivir con el luto de no atestiguar tu vida, que sin pudor alguno se aferro a la mía.
Entre tanto amor e inmensurables besos aprendí la premisa arbitraria de este encuentro, no jurar por amor bajo la autoría del sexo mientras que algunos de los actores le tenga fe a los cuentos.
Y aunque nuestros cauces se bifurquen quizás terminemos desembocando en un mismo lugar, siendo corrientes distintas de un imponente mar.
Más que el asunto inconcluso que no me deja conciliar el sueño, sos la dulce incertidumbre, mi futuro incierto, lo que me mantiene atento al gesto irreverente que me libre de una vez por todas de la agonía de no tenerte.
Santiago Serrano.