La búsqueda del preciado líquido
Hoy amaneció como tantos otros días en Matanzas, ciudad que se desgasta entre carencias y heroicidades silenciosas. Apenas una gota de aceite quedaba en la cocina, ese testigo mudo de nuestra maltrecha alimentación. Antes de encaminarme al trabajo, me propuse una misión: encontrar ese líquido dorado que se ha vuelto más esquivo que la suerte.
Ayer recorrí varios lugares con la misma respuesta: "No hay". Pero el rumor corre más rápido que el viento. Me indicaron que al final de la calle Cuba, una tal Caridad guardaba el tesoro entre sus productos de venta.
La loma se alzaba ante mí como un muro de asfalto y calor. Cada paso era un recordatorio de que en esta isla hasta lo más simple requiere un esfuerzo sobrehumano. Llegué sudorosa, con el cabello pegado a la frente y las piernas temblorosas, exhausta pero esperanzada.
Caridad me miró con ojos asustados, como si yo misma fuera un peligro. "Los inspectores andan sueltos", susurró, "multas por todo, ya sabes". Su miedo era palpable, tan real como el hambre que nos acompaña.
—El precio —dijo con voz queda— son 4 mil pesos.
El sublime Soja, ese néctar amarillo que permite freír un huevo o salvar un arroz, se cotiza al precio de la angustia
Compré el mío y también el de Sandor. "Solo me queda uno", advirtió Caridad.
—Guárdemelo —le pedí—, voy por el dinero.
El puesto del chino estaba no tan cerca, Le pedí el dinero para su aceite y así poder mantener su modesto negocio. Hoy no pudo ofertar nada frito por falta de aceite, esa ausencia que se siente en el bolsillo y en el estómago de quienes dependen de su sazón.
Volví nuevamente, y Caridad me entregó el pomo que le quedaba, el último testigo de su reserva.
Llegué a la emisora sin palabras y sin aire, con las piernas como espaguetis cocinados y el corazón latiendo con fuerza. Pero llevaba en mis manos el manjar más codiciado por estos días en Cuba.
No sé cuánto durará este pomo. Quizás unos días, quizás unas semanas si lo racionamos con sabiduría. Pero por ahora, en medio de esta cotidianidad que nos exige ser atletas del esfuerzo y poetas del ingenio, tengo la certeza de que el aceite de soja brillará en nuestro arroz, que el chino podrá vender sus minutas y que por un momento, el sabor de lo conseguido será más valioso que su precio.
Así es la vida en esta isla: una búsqueda perpetua donde cada hallazgo se convierte en una pequeña victoria.