De vez en cuando la vida te pide que regreses a aquel tiempo donde estaba todo por vivirse, cuando los sueños y anhelos estaban en el principio y parecía que todo iba lento porque la ansiedad era tanta que el tiempo no pasaba con relación a nuestras urgencias.
Habían transcurrido muchos años desde aquellos días de mi niñez allí en un barrio de clase media y casas con jardín y flores.
En los patios los arboles de mangos y otras frutas cargados de estos llenaban el suelo mientras nosotros, saltando cercas y perseguidos más una vez por algún perro las agarrábamos.
Cada una de estas saciaban nuestros paladares y los flacos bolsillos eran incapaces de complacernos con las golosinas que vendían en los abastos.
Nada era más importante que salir a la calle y encontrarse con los amigos para jugar beisbol en la calle, o un partido de bolitas o trompo en el cual se nos iba el día.
Y si faltaba el sol a la cita y ese día llovía, era tiempo de una carrera con palitos que se disputaban por el agua que corría por los bordes de la calle.
Eso sin contar las zambullidas en los pozos de agua que se hacían y que nos hicieron resfriar en más de una ocasión.
La vida me llevó otra vez allí buscando encontrarme con aquel niño y los vecinos.
Estacioné el auto y comencé a recorrer el barrio. Era el mediodía y todo estaba en silencio y desprovisto de gente.
Ya no había jardines con flores ni patios con frutas, las construcciones ocupaban parte del lugar donde estaban los árboles y varias soluciones multifamiliares y edificios de tres pisos ocupaban el entorno.
Tampoco estaban los amigos ni los vecinos, todos habían emigrado a otras ciudades.
Caminaba en otro mundo, en otra dimensión, me sentí solo, abandonado en un mundo que no era aquel que sentía mío y que parecía que todos se habían ido en un tren que yo no pude alcanzar.
Pero parece que mi alma no estaba dispuesta a ponerse triste y entonces aparecieron los fantasmas de aquellos que nunca se fueron de mi mente y jugué con ellos un partido de beisbol y otro de bolita, me harté de comer mangos y nísperos y me fui sonriendo con el alma y la panza repleta de maravillosos recuerdos.