Siempre o casi siempre la gente siente curiosidad por conocer algún lugar que, despacito y casi sin darnos cuenta se va metiendo en el deseo.
Algunas veces resulta más fácil que otras llegar a concretar ese deseo y otras veces entra en la curva de lo que creemos un imposible, algo así como viajar a otro planeta o alcanzar la luna trepando por una escalera.
Cuando tenía 12 años las posibilidades económicas de la familia no alcanzaban ni para un viaje a la capital y mucho menos para un viaje a la China, ese deseo que ya era un sueño inalcanzable, tan lejano como alcanzar la luna trepando por una escalera.
Ese país milenario debía ser como Marte, un sitio habitado por personas misteriosas con costumbres extrañas e incompresibles para cualquiera que llegara hasta allí desde un lugar tan distante como mi pueblo llanero.
Pero como dije al principio de este relato, así como los deseos se meten despacito y sin que nos demos cuenta hasta convertirse en un sueño, los sueños se convierten en realidad cuando la vida toma por caminos inimaginables y te pone ante ese sueño hecho realidad.
Veinte años más tarde se me presentó sin buscarlo al oportunidad de conocer al país asiático ya que un nieto que trabajaba en la petrolera venezolana fue a hacer un curso allá y como regalo de cumpleaños me llevó como acompañante.
Si alguna vez dudaste en llegar a la luna trepando por una escalera, sólo tienes que soñarlo y posiblemente se haga realidad.