Hay distancias que se notan.
La que separa dos ciudades. La que te obliga a despedirte en un aeropuerto. La que cuentas en horas de vuelo.
Y hay otra distancia que no aparece en ningún mapa: la indiferencia.
Esa es la que más pesa.
Porque cuando alguien se va físicamente, al menos sabes dónde está el vacío. Lo ubicas. Lo lloras. Pero cuando alguien se queda cerca y decide volverse indiferente, el vacío se instala en cada mensaje no respondido, en cada "visto", en cada conversación que se vuelve monosílabos.
La indiferencia no grita. No reclama. Simplemente deja de importar.
Y eso confunde. Porque un día te dijeron "me importas" y al otro ya no hay energía ni para discutir.
Hace casi un año entendí eso en carne propia. Una persona me dijo que yo estaba "indiferente". Días después ella misma puso la distancia más grande: el silencio y el bloqueo. Y luego llegó la frase que cierra ciclos: "Te quiero, pero como amigo".
Duele. Porque amar y querer no se apagan con un switch.
Pero también aprendí algo: insistir donde ya no hay espacio es faltarte el respeto a ti mismo.
La distancia física se puede cruzar con un boleto.
La distancia emocional solo se cruza si los dos quieren caminar.
¿Entonces qué hacemos con la indiferencia?
No se trata de volverse frío. Se trata de protegerse.
Porque la indiferencia ajena no debería volverse tu castigo.
Hoy elijo creer que el amor que se queda es el que se cultiva, no el que se suplica.
Y que la distancia, cuando es necesaria, también sana.
¿Y tú qué opinas?
¿Crees que la indiferencia duele más que la distancia física?
¿Alguna vez tuviste que soltar a alguien para poder sanar?
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