La carta del sacrificio.

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No hubo en ti hermosura ni majestad, como para que nos fijáramos en ti.
Nada atrayente en ti, como para que nos gustaras. Todos te despreciamos y abandonamos.
Fuiste un hombre lleno de dolores y conocedor de sufrimientos y como alguien a quien otros evitan, te despreciamos y no pensamos que fueses alguien importante.
Verdaderamente soportaste todos nuestros sufrimientos y cargaste con nuestros dolores.
Pensamos que Dios te había castigado, golpeado, y afligido, pero fuiste traspasado por nuestras rebeldías.

Fuiste molido por las maldades que nosotros te hicimos, pero, ¡oh Señor!, tu castigo hizo posible nuestro bienestar, tus heridas sanaron las nuestras.

Todos nosotros estábamos perdidos como ovejas, cada cual agarró su camino.

Pero tu Señor, cargaste en ti el castigo que merecíamos, te tratamos cruelmente y te torturamos, pero te mantuviste humilde y no protestaste.

Quedaste en silencio como cordero llevado al matadero, te quitaron del mundo de los vivos y te mataron por nuestros pecados.

Aunque nunca fuiste violento ni engañaste a nadie, al lado de criminales te colgaron, más en tumba de ricos te sepultaron.

Sin embargo allí no te quedaste, sino que, ¡tú, Padre!, lo levantaste y te diste el más alto honor y el nombre que es sobre todos los nombres, para que ante ti se arrodillen todos los que están en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra y para que todos reconozcan que Tú eres Señor y así glorificar al Padre.

La carta del sacrificio. | Ecency