El caucásico (vivencia fabulada)
Era un hombre de pelo lacio y mejillas enrojecidas por su afición a la bebida. Sobrepasaba los cincuenta años. De contextura fuerte, quizás por su trabajo. Su caminar era rítmico, pausado, de rostro adusto, y poco amigo de conversar. Se sentaba en el mismo lugar de la barra y tomaba muchas cervezas sin hablar ni permitir ninguna conversación sostenida con otra persona que no fuera la china que atendía el mostrador.
Nunca cruzamos una palabra, ni un saludo, a pesar de ser visitante cotidiano, pero estaba claro que no tenía ningún interés en cordializar, ni meterse en la vida de nadie, sino ocupar el mismo lugar de la barra, fumar tranquilo, tener su cerveza sin esperar mucho y cruzarse miradas con la china, cada vez que podían, sin levantar sospechas.
Así era siempre, y hubiera seguido de igual forma, de no haber ocurrido aquel incidente entra la china y dos tipos borrachos, que insultaron de manera grosera a la mujer asiática, por un cobro irregular, según ellos decían. El asunto no llegó más lejos por la intervención de unos paisanos de la mujer, y la mirada reprobatoria de los clientes.
Eso fue como a las cinco de la tarde. Los borrachos se calmaron y tomaron otras cervezas, pero el hombre de aspecto caucásico ya no era el mismo. Al calmarse la trifulca fue al baño y se lavó la cara, quizás por la agitación que le produjo el incidente. Todavía al sentarse en la barra se limpiaba la cara sudorosa con un pañuelo arrugado que guardaba y sacaba a cada nada.
Los borrachos seguían en lo suyo y apenas reparaban en la presencia del caucásico, pero el hombre los miraba con un odio mortal, provocador. Sin duda le estorbaba la presencia de aquellos indeseables, y así se los hacía ver con su miramiento desafiante, pero no pasó nada. Ellos siguieron en su mundo y a él le toco mantenerse en su silencio, como siempre.
Un poco más tarde mientras los borrachos cancelaban y esperaban el vuelto, el hombre se retiró discretamente, y salió a la calle de manera natural, dejando la cerveza en la barra como a veces lo hacía, amparado en la confianza que le tenía la china, sabiendo que al rato regresaría a ocupar el mismo lugar, de ser posible. Como una hora después regresó algo alterado, sudoroso, y se tomó una cerveza más rápido de lo acostumbrado. La china le sonrió como agradeciendo su disposición a defenderla, y él prendió un cigarro satisfecho, y le murmuró algo.
Todo siguió su curso. Al día siguiente el caucásico llegó como todas las tardes a la hora regular, y tomó sus cervezas hasta caer la noche, comió algo y se despidió de la única persona que contaba con su simpatía.
El fin de semana descansaba en mi casa y por no dejar tomé un diario local que alguien había dejado y leí un titular que me estremeció profundamente. La noticia se relacionaba con dos cuerpos acuchillados, aparecidos en un costado de la plaza cercana al bar de la china. Por una deducción inmediata comprendí que la salida del aquel hombre unos minutos antes de que se retiraran los borrachos, y la aparición de esos dos cadáveres, guardaban una relación de causa y efecto de manera directa y evidente para mí.
El lunes siguiente esperé ansioso que llegara el cari rojo para ver si podía detectar algún indicio de su venganza, pero nada. Esperaba descubrir un gesto de inquietud, una expresión de culpa, un comportamiento diferente con la china, o un tic nervioso asegurándose que la navaja estaba en su sitio, pero al contrario, lo que vi fue la misma mirada afectuosa hacia la china, y el cumplimiento del ritual con el cigarro, con cada dos cervezas que pedía.
En esa semana y la siguiente compré los diarios locales buscando alguna noticia sobre aquel doble crimen, pero estaba visto que no había ningún testigo, ni algún indicio que lo relacionara con el vengador anónimo. Por razones de negocio me retiré de aquel lugar, y nunca más volví a saber del caucásico, pero siempre revivo la duda sobre el autor del doble crimen, y la forma como aquellos inocentes borrachos se buscaron la muerte.