Estimada gente de Hive, continúo la publicación de mi relato largo, pero no tan largo.
Espero que les guste.
Agradezco a @cervantes la posibilidad de publicar en su Comunidad.
Entre las brasas del fogón y el hombre apoyado de espaldas contra la puerta, se interpone una sombra que susurra palabras melódicas; la mujer en cuclillas canta para ella misma, para la olla en la que cocina, para las paredes de barro y, si él quiere escucharla, para el hombre silencioso y desesperado.
Agustina –tu abuela- recibe la mirada del hombre como si fueran manos de humo que la desnudaran, que acariciaran sus piernas y sus pechos, su vientre y su garganta.
Julian, apoyado en la puerta como si estuviera clavado a ella, piensa “No la he tocado, no lo haré y puedo engañarme imaginando que no deseo hacerlo. No lo he hecho y creo que eso significa algo. No la he tocado y quiero pensar que eso la salvará y de alguna forma me salvará. Pero es mentira. Todo está claro como una línea recta.”
Bajo los petates donde duermen está el piso de tierra, y esta late con impulso de vida, de regeneración. La oscuridad que los rodea está poblado de fantasmas. Los dos petates están separados por más de dos metros. Ha sido así desde que la mujer llegó, dos semanas atrás.
El sueño ha huido vertiginosamente. En su lugar aparecen visiones que parecen extraídas de la memoria de otra persona, en otra época, en otra vida. Las imágenes llegan como si alguien se las fuera dictando, detalle a detalle, hasta hacerlas familiares e incomprensibles. Esto es lo que recuerda:
Una lluvia pertinaz ha retrasado el amanecer. El agua ha calado sus ropas. Julián, sobre todo, desea ver el sol; lo supone oblicuo en esta mañana inexistente, en esta noche gris y prolongada. Cada tantos cientos de metros aparece entre la cortina de agua una casa rústica con una luz vacilante en su interior. Los campesinos que lo ven pasar se estremecen de cansancio y pobreza. Es como si los hombres, mujeres y animales que habitan estas casas hubieran perdido una guerra contra los dioses del agua, y ahora solo esperaran, atemorizados y resignados, que la furia de los vencedores se abatiera contra ellos en un holocausto definitivo del cual esta lluvia fuera el preludio.
El caballo de Julián está cansado aterido. Lo lleva a un paso que se ha ido haciendo cada vez más lento, pesado y desesperante. No ha descansado suficiente y su jinete tampoco. La mañana anterior habían cruzado una ciudad sin detenerse; la habían recorrido sin quererla ver, sin importarle sus habitantes ni sus trajes pretenciosos, ni las fachadas de sus casas. Para él tenían la misma importancia y la misma realidad que un sueño que se desvanece.
Dejó atrás la ciudad y se dirigió al bosque, cuando las primeras sombras de la noche se insinuaban entre los árboles, en el chirrido de los insectos nocturnos y en el aroma embriagante de algunas flores. Se detiene cuando es noche cerrada, sin preocuparse; sabe que nadie puede hacerle daño. Se acuesta cerca del camino, respira el olor de la noche. Se duerme.
>>>>>>>>>>..........<<<<<<<<<<<
Gracias por su lectura