Fernández o Fernández

reyvaj(59)
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Este fin de semana son las elecciones presidenciales en Argentina y todo parece indicar que volverá el kirchnerismo.


Alberto Fernández con su joven novia.

Las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias) celebradas hace poco más de dos meses arrojaron un claro triunfo de la fórmula Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner. El gobienro de Macri aspira a hacer una elección que fuerce la segunda vuelta, pero parece estar lejos de conseguirlo.

Durante su mandato Macri no ha sabido o no ha podido dar con la tecla para solucionar los problemas económicos que había heredado del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y en el último tiempo incluso los agravó. La incertidumbre política ha sido y es el factor que ha dificultado todo intento de crecimiento económico. Con la amenaza siempre latente de la vuelta del kirchnerismo, que tras las PASO se volvió casi una certeza, los mercados terminaron por desplomarse.

Así, con la economía en una situación crítica, el voto castigo se cree que será determinante y probablemente haya un triunfo en primera vuelta de la fórmula del kirchnerismo. Pero las incertidumbres no cesan, porque Alberto y Cristina, que hoy comparten fórmula, fueron enemigos casi desde que Cristina asumió su primer mandato, al punto que el primero terminó por renunciar a la jefatura de gabinete y se mostró luego muy crítico para con ella y su gobierno.

En la política argentina abundan las incoherencias y cuando de sumar poder se trata los políticos suelen dejar de lado todo escrúpulo. Además, para Cristina volver al poder ahora también significa librarse de todas las causas judiciales que tiene en su contra y que de seguir su normal proceso le significarían la cárcel. Sin embargo, casi inmediatamente después de las PASO hubo una serie de fallos en diferentes causas que son indicativos de que la impunidad le estará garantizada.

Con el eventual triunfo y asunción de Alberto a la presidencia, las incertidumbres se multiplican. A partir de su lanzamiento como candidato, Alberto Fernández se ha mostrado como un personaje con varias caras. En principio aparece como una persona más propensa al diálogo y menos autoritaria de lo que es Cristina, ha asistido a distintos programas periodísticos independientes sin evadir las preguntas que se le han hecho. Por otra parte, en los recientes debates presidenciales no ha hecho más que apuntar contra Macri, acusándolo de mentiroso y negándole el saludo, con una postura muy lejana a la que se supone en quien está abierto al diálogo.

¿Cómo será entonces un eventual gobierno de la fórmula Fernández-Fernández?

Es difícil saberlo, porque más allá de la fuerte presencia que implica Cristina en la fórmula, el presidente será Alberto, con lo cual uno puede guardar alguna esperanza de que este sea capaz de frenar el ímpetu autoritario y cercenador de los valores democráticos y de las libertades individuales que significó el kirchnerismo, sobre todo bajo el mandato de Cristina.

Sin embargo, esta sociedad entre los Fernández parte ya de una garantía de impunidad. Alberto suele destacar que él no está imputado en ninguna causa de corrupción, pero a su vez ha declarado cada vez que se le preguntó que las imputaciones que la justicia le ha hecho a Cristina son, según él, totalmente arbitrarias y forzadas. De manera que será un gobierno que desde el comienzo tendrá el fin de indultar corruptos. Resulta difícil entonces suponer que seguirá una forma ética de gobernar, respetuosa de la división de poderes y de la independencia de la justicia en particular.

No es bueno el panorama que se presenta para Argentina. Incluso si Macri lograra revertir el resultado de las PASO, lleva a cuestas un notorio desgaste y un eventual segundo gobierno suyo presentaría cierta fragilidad y debilidad como para afrontar los cambios de fondo que es necesario realizar a fin de lograr una economía que elimine el problema de la inflación y que, a la vez, reduzca y revierta el déficit actual.

Tendría que empezarse por una considerable reducción del gasto estatal que desde hace casi dos décadas viene incrementándose para sostener una sociedad que se ha vuelto cada vez más dependiente del estado. Medida esta que en lo inmediato implica siempre un costo político, pero que luego podría posibilitar la reducción de la excesiva carga impositiva que soportan hoy las empresas y los individuos para así empezar a pensar en atraer inversiones.

¿Algo de esto estará en los planes de Alberto Fernández? El kircherismo desde que asumió en el 2003 hasta que se fue en el 2015 gobernó de manera totalmente opuesta. Ha ido incrementando sistemáticamente tanto el gasto estatal como la carga impositiva. La situación mundial y local permitían entonces llevar adelante una política económica de alto gasto estatal. Pero, en realidad, el último gobierno de Cristina ya había llevado esta política sustentada en un creciente gasto estatal a extremos que obligaron a una cada vez más acelerada emisión monetaria que redundó en una progresiva depreciación de la moneda y en una inflación creciente.

Ciertamente, Macri ya había heredado una situación compleja, pero no quiso afrontar el costo político de bajar el gasto estatal, o acaso no pudiera, porque las revueltas de los opositores derrotados estaban a la orden del día. Baste ver lo difícil que se le hizo en este sentido la quita de subsidios a los servicios y al transporte públicos, subsidios que eran insostenibles y totalmente injustificados, pero que en su momento la oposición oportunista y deshonesta utilizó como excusa para movilizar a las masas en contra del gobierno.

En definitiva, sea por un temor justificado o no, Macri no apuntó a ordenar las cuentas fiscales bajando el gasto público, sino que siguió con la elevada presión tributaria a la que luego añadió una política de endeudamiento, con la ilusión de que los capitales extranjeros comenzaran a llegar en algún momento y la economía pudiera encausarse en una actividad saludable. Pero esto no sucedió por más de un factor, tanto por circunstancias internacionales como locales, y ciertamente la amenaza del kirchnerismo jugó un papel importante. Sucede que cuatro años no parecen ser suficientes para cambiar las bases de un país que en las últimas décadas ha vuelto a exacerbarse con viejas ideologías populistas que hace mucho deberían haber sido superadas.

En definitiva, si el kirchnerismo efectivamente vuelve al poder, no parecer que le quede mucho margen para gobernar en esta ocasión de la manera en la que lo hizo antes. Deberá ser más austero si busca seguir políticas que combatan la inflación y el déficit fiscal. Aunque claro que en términos demócratas y republicanos todo parece indicar que bajaremos otra vez una gran cantidad de escalones. ¿Y qué viene detrás de Alberto...?


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