Un día el gato Mimi sintió que lo introducían en un bolso oscuro, él no quería y se defendió como pudo, estaba muy asustado y jadeaba. ¿A donde me llevan?, pensó.
La niña que lo quería y a la que él quería mucho, lo llevaba en sus piernas. Eso lo tranquilizó, y por momentos se dormía, dejándose llevar por el movimiento y la brisa suave que entraba por las rendijas del bolso.
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Llegaron a un lugar muy distinto al que estaba acostumbrado. Salió del bolso y con movimientos sigilosos comenzó a explorar. Lo primero que le llamó la atención fueron los ojos de una gata, que lo miraba fijamente y con una actitud poco amistosa. Intentó caminar y la gata le cerró el paso con un maullido muy fuerte y ronco. Él se quedó muy quieto y su instinto le dijo que se acostara en el suelo y así lo hizo. La gata lo dejó tranquilo por un momento.
Aquel territorio le gustaba, podía asomarse a la ventana y ver el jardín y ¡oh! que maravillosa sorpresa, podía bajar y llegar hasta las plantas. En su hogar solo podía asomarse, la altura en la que se encontraba no le permitía saltar, solo ver a las palomas, así que ese cambio le parecía
maravilloso. No había conocido nada diferente desde que estaba muy pequeño.
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La niña no quería que él saliera, le daba miedo que se perdiera, que no supiera el regreso a la casa. Pero, poco a poco él fue sintiéndose en confianza y con los días hizo su primer intento de salir. Bajó al jardín y se entretuvo oliendo las plantas, escarbando la tierra, corriendo y masticando las hojas.
Cuando se cansó decidió regresar y saltó hasta la ventana. Allí estaba la gata Blanca, echada en su lugar, viéndo como él experimentaba por primera vez la libertad. Entró a la casa y se sintió tan bien que se echó en un cojín y allí durmió por largo rato.
En la tarde, decidió volver a salir y al bajar al jardín se encontró que no estaba solo y se vio rodeado por varios gatos que lo miraban. De repente el más grande le brincó encima y los dos se envolvieron en una pelea, donde por supuesto Mimí salió poco favorecido. Terriblemente asustado por la actitud agresiva de ese gato blanco, cuando pudo zafarse, corrió y brinco a la ventana. El no entendía mucho este sentimiento de defensa del territorio, donde él era un intruso, porque había sido castrado desde pequeño.
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Su vida en aquel lugar donde además tenía comida, agua y el cariño de su familia, era un paraíso y como pasa cuando algo es bueno y te gusta, rápidamente se acostumbró. Salía y entraba a la casa cuando él quería. Los gatos de la vecindad ya no lo molestaban y Blanca la gata de la casa, le permitía comer en su plato y echarse tranquilamente a su lado.
Pero en la vida, se producen cambios que a veces no nos gustan, y no queda otra alternativa que adaptarse. A Mimi le llegó el momento de regresar a su antiguo hogar. De vuelta al bolso y al ajetreo del viaje. Cuando salió y vio que estaba de nuevo en su casa, en las alturas, le costó un poco readaptarse a aquella vida. Pero a pesar de no tener la libertad de salir y entrar cuando quisiera, seguía teniendo el amor y el cuidado de su familia y eso era bastante bueno.
En sus momentos de sueño, cuando se acuesta a dormir detrás de la computadora, en las camas, en las sillas o en cualquier lugar donde se encuentre cómodo, Mimí sueña con el jardín, las plantas, las flores, la pandilla de gatos y con Blanca y tiene la esperanza de que en cualquier momento volverá a entrar al bolso para disfrutar de nuevo de su libertad.
Muchas gracias por leer
La fotografía es de mi autoría tomada con un teléfono Samsung S6 edge