Tal vez esto suene fatalista o muy crudo, pero es la realidad, porque cuando hablo de perder no estoy haciendo referencia a objetos o acciones, sino a lo más importante para el ser humano, los afectos.
Desde el mismo instante que salimos de la comodidad de nuestro hogar primigenio, que es la matriz de nuestra madre, comenzamos un proceso que será largo o corto dependiendo el tiempo en el cual transitemos lo que llamamos vida.
Vamos creando lazos con quienes nos rodean y a medida que crecemos se bifurcan los afectos hacia personas que no se encuentran en nuestro núcleo familiar e incluso mascotas que logran regalarnos felicidades.
Entre más extensos sean esos hilos, más frecuentemente se van rompiendo, algunos por el canibalismo que sesga las empatías, otros porque van desapareciendo o alejándose de nuestro entorno y terminan por ser solo recuerdos.
Sin embargo, los más cercanos, como cartas de naipes que van cayendo, son los que nos enseñan que recorremos un camino impregnado de piedras y obstáculos y que el alcance de sus manos para ayudarnos es limitado.
Desde niños vamos perdiendo afectos, y el dolor se hace presente, recordándonos que es parte inalterable de nuestra existencia. Los seres queridos van pasando a otro plano existencial, cambiando de paisajes como aseguran los más optimistas, y dejándonos un hueco acorde con el grado de estrechez de nuestros lazos.
Vamos perdiendo durante toda la vida personas que amamos, con la impotencia de no poder evitarlo y nos percatamos que somos solos cometas que surcan los cielos de un universo que nació para extinguirse.
Nacimos para perder sin duda, y es el destino que no podremos alterar porque es parte de la raíz de nuestra existencia, un pacto que resume el hecho que nacemos del polvo y allí volveremos.
No importan cuantas lagrimas nos saquen esas pérdidas, cuanto dolor taladre nuestro pecho, porque, así como el sufrimiento llega y se mantiene oculto esperando de nuevo surgir, la resignación nos rescata del holocausto.
Una forma de masoquismo al que nos vamos acostumbrando, tal vez porque al igual que la desaparición de otros nos trae dolor, la nuestra será también causa de lo mismo en terceros.
Nacimos para perder afectos, sin importar nuestra condición social, económica, religiosa o las circunstancias que nos haga olvidar por instantes que somos más hijos de la muerte que de la vida y que nuestro transito terrenal, a pesar de lo efímero, está plagado de sinsabores y despedidas.
Nacimos para perder | Ecency
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