¿Quién?, ¿Cuándo?, ¿Dónde?, ¿Por qué? Nueva edición de concurso libre creativo del 1 de agosto
Esta es mi participación en el concurso de @freewritehouse en #freewriters. Me parece muy atractiva la pista o enganche y me incorporo al evento. Considero que la propuesta está bien dirigida a la producción de textos donde se puede desarrollar la creatividad con originalidad de una experiencia propia o inventada, verosímil o inverosímil. Por eso invito a
@miriannalis
@mireyaromero y a
@saulos, para que nos regalen un buen texto de su producción.
Imagen editada y tomada de Pixabay
ASTRONAUTA por @pelulacro
Siempre he deseado ser astronauta. Las películas y series de Tv que más disfruto son las relacionadas con los viajes espaciales, interplanetarios; como “Perdidos en el espacio”, con todos sus ingredientes de curiosos personajes, trajes espaciales, armas increíbles y personajes con poderes extraordinarios, ¿Recuerdan al Dr. Smith o al Señor Spot? Muchas veces he participado desde la comodidad del sofá de los viajes en poderosas naves y la exploración de muchos planetas. Por eso disfruto un mundo, viajar en avión y cuando iba a los parques mecánicos, aquí o fuera del país, no perdía la oportunidad de realizar mi fantasía en una montaña rusa, la estrella gigante o las sillas voladoras.
Sin embargo, pasaron los años y no tuve la oportunidad de aprender a pilotar un avión o un helicóptero. De joven disfruté todas las versiones de “Guerra de las galaxias”.
Lo dicho anteriormente no significa que no disfruté en mi infancia y adolescencia de las aventuras típicas de la edad, junto con mis congéneres que desarrollamos asombrosas destrezas en patines, patinetas, bicicletas, motocicletas y finalmente automóviles.
El vértigo de la velocidad o las alturas es como una droga: es adictiva e inevitable en el goce de las carreras, incluyendo las carreras a pie en una pendiente empinada y rocosa. Saltar muros y paredes, pasar corriendo de un techo a otro, trepar árboles con rapidez o lanzarse desde el puente Gómez Rubio al río Manzanares, fueron actividades frecuentes porque a nadie se le había ocurrido inventar teléfonos móviles ni las amistades remotas del Facebook y mucho menos se pensaba en el alcance y trascendencia de la comunicación en redes conocida hoy como internet que era de uso secreto por los militares y los servicios de espionaje de las grandes potencias, ustedes saben cuáles. ¿Se acuerdan de Dick Tracy y Míster Solo que hablaban a través de sus relojes y veían imágenes en los mismos aparaticos de su muñeca derecha?
El caso es que no puedo olvidar, cuando en un día de paseo en el campo, recorríamos un paraje boscoso, en la finca de Angel Marrero, mis amigos Carlos, Rafael, Manuel mi hermano menor, mi amiga Xiomara y mi primera novia, Dianora, perdimos el rumbo porque se desató un aguacero de padre y señor mío, que no sabíamos qué hacer. Discutíamos en medio del ruido de la tempestad, si continuábamos caminando sin saber a dónde o si nos refugiábamos entre los árboles. Las muchachas querían esperar a que cesara la lluvia y los relámpagos, mientras que los varones, hambrientos de aventuras queríamos seguir luchando contra los monstruosos matorrales, la terrible lluvia planetaria y el temor a una culebra de tres cabezas, o enfrentarnos con un puma o cuando menos algún váquiro en el trayecto tortuoso.
Tomada de Pixabay
Decidimos continuar y encontramos un estrecho y sinuoso sendero, con ramas o troncos de árboles caídos, atravesados, que nos obligaban a pasarlos por debajo o por arriba, pasamos subidas o bajadas, y muchos charcos. Tal como los cuerpos, las ropas no solo estaban empapadas, sino notablemente sucias de lodo y hasta rotas por los rasguños de caídas o por el chicotazo de las ramas espinosas. Las muchachas se quejaban a cada rato y entonces parábamos por unos minutos a descansar.
Llegamos a un punto del angosto camino donde se había formado una laguna; no había forma de saber su profundidad y qué podría haber en su interior por lo turbio del agua y todos sin decir palabra nos dimos cuenta de que no debíamos cruzarla caminando, las opciones eran devolverse o saltar. Carlos, que era el más alto de todos nosotros, corrió hacia la laguna y de un gran salto olímpico sin garrocha, ganó la medalla de oro en la orilla opuesta. Seguía mi turno, por orden de tamaño; me sentía obligado por la hazaña de Carlos y porque varios pares de ojos no dejaban de verme, el de las muchachas y también los de mi hermano que solía decir que yo era su héroe. Entonces, en el momento de tomar una difícil decisión, cerré los ojos, apreté los puños, y en segundos sentí que flotaba como astronauta en el espacio exterior y debía volver a la nave; al mismo tiempo escuché la voz en mi interior, la que siempre me dice lo que debo hacer: “Salta el pozo” dijo; y salté...
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