But maritime cities have a defect and it is that sometimes they are very lonely.
[Versión en español]
El mar no es sólo para el veranoVivo cerca del mar. Mi ciudad, la capital del estado de Sucre, en Venezuela, está bordeada por las espumosas, cálidas y cristalinas aguas del mar Caribe. El azul turquesa de sus aguas se ve desde cualquier punto de la ciudad y a veces es un azul cielo, otras un verde con destellos azulados y rojizos.
Recuerdo que cuando era joven, era normal que toda fiesta o salida terminara en la playa: unos nadando; otros, sentados en la arena, viendo cómo el sol se ponía, dejando el cielo sonrojado. El mar era el lugar perfecto para los mejores encuentros y, por qué no, también para las despedidas, y no había nadie que, sabiendo que vivíamos cerca del mar, no nos dijera lo afortunados que éramos por tener un paraíso tan cerca.
Pero las ciudades marítimas tienen un defecto y es que a veces son muy solitarias.
La algarabía se oye en verano, cuando llegan turistas de todas partes buscando huir del estrés de las grandes ciudades, del ruido del asfalto y de la gente. Entonces, las ciudades marítimas se visten de colores, con ofertas y promociones de alquiler, con gente nueva que renueva la ciudad con caras diferentes, sonidos diferentes, un ritmo más rápido, porque cuando la gente de las grandes ciudades visita las ciudades marítimas, como si llevaran los ruidos en el bolsillo, se convierten en sonajeros andantes.
Igualmente, en vacaciones, el amor estaba a la vuelta de la esquina. Los jóvenes nos preparábamos para conocer al sobrino de alguien, el hermano de una amiga, un nieto de una vecina, alguien que venía de lejos a pasar las vacaciones en la playa y se convertía en nuestro gran amor de aquel verano, porque los amores duraban lo que duraba el verano, aunque en los recuerdos durara para siempre.
A medida que se iban terminando las vacaciones, las calles iban quedando solas y las playas, con su arena llena de huellas efímeras, se iban recogiendo, como se recogen las olas. Y todo volvía a ser como antes: con sus horarios de siempre, con el calor sofocante de la tarde, con ese salitre que se pega a la piel y al cabello dejándolos como alambres y piedras.
En estos días me tocó volver a uno de esos pueblos marítimos a los que iba cuando era joven y así como cuando miras a alguien después de mucho tiempo y tienes la impresión de que era distinto, de que lo recuerdas más bonito y más grande, así mismo me ocurrió cuando me reencontré con aquellas calles que recorrí cuando joven.
No era verano y en un pueblo marítimo eso es suficiente. Las calles estaban desoladas y algunas casas abandonadas. La sal había hecho su trabajo, también el tiempo. Mientras caminaba por aquellas calles, rememoraba las fiestas, los encuentros hasta el amanecer, los banquetes a la orilla de la playa, pero no era verano y solo en verano los pueblos pesqueros despiertan como si hubiesen estado dormidos y se ponen sus mejores galas.