El eco de su nombre
_¡Quédate aquí. No te muevas! El anciano apenas la miró: estaba entretenido mirando hacia afuera.
=ox0xo=
Cuando ella regresó, llevaba un helado grande en una taza de plástico, transparente. Él la miró e hizo un movimiento con las manos que parecía un aplauso. Ella entonces sonrió y se sentó a su lado. Sabía que a su padre le gustaban los helados. Cuando ella era niña, esa era una cosa que hacían siempre: iban los fines de semana a una heladería que quedaba cerca de casa. Tomó un poco de helado en la cuchara y se lo llevó a la boca, su anciano padre de 70 años parecía un niño contento.
=ox0xo=
De vez en cuando ella le pasaba la servilleta para limpiarle los labios. De repente, él dijo asustado mirando por la ventana:
_Quiero irme a mi casa -su hija ya conocía aquellos episodios, así que tranquilamente le aseguró:
_¡Esta es tu casa! ¿No te acuerdas? -le preguntó mirándolo a los ojos. El anciano observó a través de la ventana como si estuviera perdido.
_Seguro mi mamá me está buscando para que haga la tarea. -miró a la chica, inmune él a su ternura. Entonces ella pacientemente le afirmó:
_Ella dijo que te quedaras conmigo otro rato, que ella luego pasa por ti, comentó y le siguió dando el helado en la boca.
=ox0xo=
En la tarde, mientras le pasaba un trapo fresco por el rostro, la chica le preguntó:
_¿Y tú cómo te llamas? -el anciano parecía buscar en un baúl oscuro y desordenado. Luego de un largo silencio, respondió vencido:
_¡No sé! -la chica continuaba su tarea de asearlo.
_Te llamas Juan Pablo, Juan Pablo Rodríguez -afirmó tiernamente.
_¿Y tú cómo te llamas' -le preguntó el anciano. La chica lo miró a los ojos y le dijo:
_Ana María. Ana María Rodríguez -pronunció su nombre claramente.
Entonces algo en las pupilas del anciano brilló, como la fugaz llama de una vela y exclamó sorprendido:
_Te llamas como se llama mi hija -la joven lo vio emocionada. Una parte de su padre aún la recordaba.