1984
First they started with expropriations: they took away lands, plundered the big companies and even changed the names. Disoriented, we began to feel our way through the days full of unusual changes. They changed the name of the country, then they changed the patriotic symbols, the value of the currency and even proclaimed themselves heroes of the republic. At that time we did not realize it, but the sand castles began to unravel.
On the streets, people were still betting on the normal development of things. Expressions such as "after the storm comes the calm" or "there is no evil that lasts a thousand years" were heard in conversations, on the buses, in the streets. For everyone: God had made one day after another and life was made of realities and not science fiction.
As prehistoric man had done, every day, I went out into the streets to look for food. Several times I had to fight for the biggest ration, but also for the scarce product. It was the same whether I saw a piece of meat or a roll of toilet paper:
"Where is it? Where do they sell?" -I asked like an addict in search of the merchandise I needed.
The queues looked like a snake of disproportionate dimensions and, like a snake, to confront it, for basic items that were indispensable for life, was a danger, because civility had been forgotten:
"Old woman, don't be a cheat. You came last". -I once heard someone yelling at an old lady who had just arrived.
"I can't stand because my legs hurt and I'm hungry," the old woman said sadly.
"We are all hungry and we are all standing in line. You stand in line," they shouted cruelly, mercilessly, ready to defend their posts with blows and teeth. I watched the old woman go to the end of the line, and no one, not even I, dared to face the masses of unconscious people.
But one day, without realizing that we lived in a timeless country and that nothing was as it was before, we witnessed the worst: a collective amnesia began. According to the newly constituted history, the enemy was not the enemy, we had never been happy before and we should be grateful for the little food we had because thanks to the government we had not starved to death. In the blink of an eye, they had erased everything, not only the past, but also the future.
TIL A NEXT STORY, FRIENDS
The main image is free to use and edited in Canva, and the text was translated with Deepl Translate.
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#1984
A veces sucede que el pálpito, ese miedo que nos aprisiona el pecho y que nos alcanza diariamente, se hace realidad. Eso fue lo que nos ocurrió a todos. En un momento, en un pasado remoto, todos creímos que era imposible que se rompieran las agujas del reloj y que más que ir hacia adelante, nuestro mundo empezara a ir hacia atrás, de manera vertiginosa, deshaciendo lo que hasta ese momento se había construido.
Primero comenzaron con las expropiaciones: quitaron tierras, saquearon las grandes empresas y hasta cambiaron los nombres. Desorientados, comenzamos a tantear los días repletos de modificaciones insólitas. Le cambiaron el nombre al país, luego cambiaron los símbolos patrios, el valor de la moneda y hasta se autoproclamaron héroes de la república. En ese momento no nos habíamos dado cuenta, pero los castillos de arena comenzaron a deshacerse.
Por las calles, la gente aún apostaba al normal desarrollo de las cosas. Expresiones tales como después de la tormenta, viene la calma o no hay mal que dure mil años, se escuchaban en las conversaciones, en los buses, en la calle. Para todos: Dios había hecho un día tras de otro y la vida estaba hecha de realidades y no de ciencia ficción.
Bajo esa premisa, seguimos viviendo: como náufragos, nos abrazamos a un país que amenazaba con hundirse. Entonces vino la persecución, la amenaza, el acecho. Había ojos por todas partes que controlaban nuestros actos y que habían sido dibujados en las paredes para recordarnos que éramos observados, que toda falta tenía un precio. Sin darnos cuenta, nos inyectaron el miedo.
Como lo había hecho el hombre prehistórico, cada día, yo salía a las calles a buscar comida. Varias veces tuve que pelear por la ración más grande, pero también por el producto escaso. Era igual ver un trozo de carne o el rollo de papel higiénico:
¿A dónde hay? ¿Dónde están vendiendo? –preguntaba como pregunta el adicto por la mercancía que necesita.
Las colas parecían una culebra de dimensiones desproporcionadas y como a una culebra, enfrentarse a ella, por artículos básicos que eran indispensables para la vida, era un peligro, porque la civilidad había quedado olvidada:
Señora, no se colee. Usted llegó de última. –escuché una vez que alguien le gritaba a una anciana recién llegada
Es que no puedo estar parada porque me duelen las piernas y tengo hambre –decía la anciana tristemente.
Todos tenemos hambre y todos estamos haciendo la cola. Haga usted la cola –gritaban de manera cruel, despiadada, dispuestos a defender sus puestos a golpes y con los dientes. Miré que la anciana se iba para el final de la fila, sin que nadie, ni yo, nos atreviéramos a enfrentar las masas de personas inconscientes.
Entonces por falta de gasolina, los carros se detuvieron y todos tuvimos que caminar, bajo el sol inclemente. También el gas doméstico se perdió y como el hombre de piedra, hicimos fuego con leña. Así también, la comida se acabó y recurrimos a los árboles de mango que abundaban en todas partes, a los peces del mar que aún quedaban y al maíz de las gallinas para hacer arepas. Nos convertimos en expertos inventores: hicimos café con caraotas, desodorantes con bicarbonato, crema dental con jabón y champú con lavaplatos. Habíamos retrocedido mil años.
Pero un día, sin percatarnos de que vivíamos en un país sin tiempo y que nada estaba como era antes, fuimos testigos de lo peor: comenzó una amnesia colectiva. Según la nueva historia constituida, el enemigo no era el enemigo, nunca antes habíamos sido felices y debíamos agradecer la poca comida que teníamos porque gracias al gobierno no nos habíamos muerto de hambre. En un abrir y cerrar de ojo, habían borrado todo, no solo el pasado, también el futuro.
Ahora, cuando la mayoría se fue, los que quedamos aún dentro, estamos destinados a vagar entre casas vacías, destruidas; autos detenidos como estatuas; servicios colapsados que van y vienen. Desde hace tiempo aquí los relojes no avanzan, las agujas, cada día, retroceden, como en una historia de ciencia ficción, de terror y muerte.