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Encorvada, el peso del pasado lo llevo a mis espaldas y aquí en silencio, con una expectación dolorosa, estoy sentada en su cama. El cuerpo enfermo, quieto, disminuido de mi madre no se parece en nada, a aquel que con su sola presencia, inmediatamente me anulaba. Rígidas y fieras eran a veces sus palabras, incluso cuando era tan solo una niña que con sus muñecas jugaba: siéntate derecha, no hables, no quiero que botes una lágrima. Y yo permanecía quieta, derecha y callada: una niña con las ganas de vivir, tempranamente, mutiladas.
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Como maniquíes vivientes vivíamos en aquella casa y de ese tiempo recuerdo lo cruel que fue mi infancia. Entre castigos, correctivos, hasta llegué a mojar las sábanas y mi madre imperturbable, firme, con mano dura me regañaba. Nerviosa crecí, sintiéndome rechazada, poco querida, incomprendida, hasta sentirme que como hija nunca fui deseada.
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Ahora estoy aquí nuevamente con mi madre que es una flor que ayer se marchitara: amarilla, desteñida, perdida la mirada. Esperando el inevitable final, siento que se me parte el alma. Y no logro, aunque quiera, detener las prontas lágrimas y el reclamo en un susurro: ¿madre, madre, por qué siempre me dejas abandonada?