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Siempre había querido salir de Tántar. La ciudad se me quedaba pequeña. Quería ver a los ogros, orcos, dragones o cualquier criatura de esas que aparecieron un día y comenzaron a habitar las tierras a nuestro alrededor y siempre nuestros padres nos decían que era para protegernos. Y lo hicieron. Hasta que un día comenzaron a multiplicarse las especies, a reproducirse de tal forma que casi llegan a expulsarnos y ahora estamos en guerra por nuestro territorio.
Tuve que unirme a la lucha, inicialmente como armero, porque no pude pasar las pruebas de cazador. Mis hermanos y padres decían que no todos podían ser cazadores, pero sí que podían limpiar. Cada vez que les decía que yo iba a ser alguien algún día, mi mamá respondía que como yo era de mente débil me creía esas cosas. Cada día de mi vida recordé esa frase, hasta que llegó un tiempo cuando descubrí mi don de explorador. Nunca supe cómo pero podía sentir el llamado de las bestias enemigas. Una sensación extraña, como un llamado. Pude incluso amaestrar a uno de los peligrosos huargos que nos asediaban en los bosques. Ya no era aquel niño de mente débil que decían. Yo, que en mi niñez ansiaba con ver a aquellos maravillosos seres, que nunca antes había visto a un grifo, ya he matado a diez; no había visto a un dragón y por poco me come uno, y un segundo me ha dejado una cicatriz en la espalda. Había ganado gran fama como explorador y exterminador, y varios pensaban que un día iba a ocupar el puesto de gobernador de Tántar. Un gran sueño para después de la guerra.
Ya íbamos venciendo y el número de criaturas había disminuido en un gran porciento. He visto cientos de seres en mis batallas, más de los que imaginaba que existían. Pero lo que nunca había llegado a ver en tres guerras era una Viuda Negra.
Ellas eran las mentes maestras detrás de todo ataque contra Tántar. Las causantes de todos los temblores de tierra que han amenazado con destruir la ciudad. Algunos ancianos llegan a decir que ellas controlaron la voluntad de todas las criaturas y ahora querían controlar la nuestra. Solo que nadie que sintió su llamado había podido sobrevivir a su presencia.
Llevaba diez días buscando la entrada principal a las cuevas donde viven las Viudas. Llegué a dudar de la existencia de tales seres y sobre todo del poder que le habían atribuido. No estuve nunca muy seguro de encontrarlas. Veía a mi huargo mirarme con cara de pocos amigos cuando le ponía la montura. Realmente quería darle un descanso, pero era el único de los dos que puede olfatear a las Viuda Negras desde la superficie.
—¿Qué pasa, Draco? ¿Qué es?
El huargo mostraba los dientes y gruñía mirando al lago donde estábamos abrevando. Era una señal de alarma. Sin embargo no veía nada extraño. Exploré los alrededores y no vi peligro alguno. Traté de tranquilizarlo hablándole pero no dio resultado.
—Mira, bobo, deja la paranoia. Para que veas que no pasa nada voy a nadar hasta esas rocas en el centro del lago.
Había acabado de introducir el pie en el agua cuando esta se congeló. Dos freezer aparecieron de entre las rocas del centro del lago. Patinaban por encima del hielo y riéndose a carcajadas. Tenían sus pies transformados en cuchillas preparadas para cercenarme el pie y acabar conmigo después.
—¡Draco, mi espada!
Como habíamos practicado miles de veces, Draco corrió hacia mí y fue cuestión de un segundo sacar mi espada de la vaina, romper el hielo que me aprisionaba el pie y ponerme en guardia para repeler el ataque de los freezer. Nosotros teníamos varios movimientos y estrategias ensayadas que podemos aplicar en cualquier momento. Incluso para situaciones en las que estoy inconsciente o estado similar. No sé cómo, pero Draco logra hacer que vuelva en mí. Tiene ese don. Primera vez que veía a un freezer vivo. Sus cuerpos reflectaban las luces solares y las dirigían a mis ojos cegándome en ocasiones.
Al ver que me había librado el pie de su agarre, comenzaron a dar vueltas cerca de la orilla del lago incitándome a que entrara al hielo. No tenía intenciones de obedecerlos pero tampoco de irme. Los corazones de freezer, por sus propiedades térmicas, son valiosísimos en varios mercados negros dentro y fuera de Tántar. Al ver que no les hacía caso a sus provocaciones, comenzaron a lanzarme carámbanos de hielos largos y filosos como puñales que se desprendían de sus manos. Como si nos hubiéramos hablado, Draco y yo nos posicionamos en partes diferentes de la orilla. Con la espada en mano comencé a romper el hielo a mandoble.
Cayeron en nuestra trampa.
Trataron de cogerme mientras rompía el hielo y se me acercaron de frente cuando pensaron que estaba desprevenido. Pero Como un rayo Draco me pasó por encima y le rompió el cuello al más cercano de un mordisco, y resbaló sobre su cuerpo hasta que este paró contra las rocas del centro del lago. El segundo freezer miró hacia atrás, a donde se encontraba el cuerpo de su compañero. Aproveché su distracción para lanzarle una rama a las cuchillas que tenía por pies. De un salto la esquivó y ahí fue cuando con espada en mano salté y lo agarré en el aire para luego caer rodando en el hielo.
Justo cuando le iba a encajar la espada en la zona del estómago, el freezer me habló. Que sorpresa la mía al oír su voz, criaturas más inteligentes como los dragones, unicornios y huargos no lo hacían, así que me dispuse a oír lo que tenía para decirme.
—No me mates, por favor, para, para. Tengo información que puede interesarte.
—Dímela entonces mientras tengas voz. Y depende de lo que me digas, te dejaré vivir.
—Te conozco, sé quién eres. Y Sé lo que buscas. Te puedo decir cómo puedes entrar a la cueva de la Viuda Negra.
—¿Cómo es eso posible?
—Todo soldado o hijo de la Viuda conoce el peligro que representa Jakhal el explorador y dominador de huargos y su búsqueda. Ella nos advirtió.
—¿Y cómo conoces la entrada a su guarida?
—Porque soy su guardián. Solo yo la conozco.
Aquello me dejó más estupefacto que el hecho de tener un freezer hablador. Lo miré, por instinto, al rostro para descubrir si mentía o no, pero solo veía al mío reflejado en el hielo de su cabeza.
—¿Dónde está la puerta? Habla ahora que me siento generoso. Se te acaba el tiempo.
—Está bien, está bien, te lo diré. Pero eso tiene su precio.
—Tienes una espada en el pecho, me parece que no estás en condiciones de negociar.
—La tengo si es que quieres encontrarla, entrar y salir para contarlo. Aquellos que la han encontrado, nunca llegaron a su objetivo.
—¿Cuál es tu precio?
—Tu palabra, dame tu palabra que me vas a dejar ir una vez que te diga.
Lo miré con desconfianza pero al final accedí.
—La tienes. Ahora dime dónde y cómo se entra.
Me contó que nunca nadie ha podido penetrar en la cueva de las Viudas porque las verdaderas entradas están bajo agua. Todos los túneles a los que se acceden por la superficie son simples trampas para capturar la cena. Los verdaderos están a veces a cien metros por debajo. Caminamos sobre el hielo y señaló hacia las rocas en el centro. Una apertura entre ellas daba paso a un túnel de cuya profundidad no estaba seguro.
Me viré para agradecerle al freezer, y terminando de hablar blandí mi espada contra su congelado cuello, haciendo a su cabeza volar hasta donde estaba Draco. En el poco tiempo que demoró el lago en descongelarse logré sacarle los dos corazones y coloqué a cada uno en una cajita hermética. Draco me miraba con ojos tristes, pero yo sabía por qué era.
—Es simple, Draco, tuve que matarlo porque era la única manera de poder entrar a la cueva. En el momento de congelar el lago se debe de haber cerrado parte del túnel de entrada. Éramos blanco fácil de cualquier ataque. Seguro que me tendía una trampa.
Entro a la cueva solo. Draco se quedó en la orilla vigilando y esperándome a mí o a lo que salga de entre las rocas. Tal como había predicho, el túnel de entrada tenía forma de U y la curva inferior se encuentra cubierta de agua. Me sumerjo para poder continuar mi camino. En esa parte del túnel, la altura aumenta hasta un poco más de dos metros, así que puedo seguir de pie. La oscuridad es total. Tengo miedo de alumbrar demasiado, pero es más peligroso seguir a oscuras. Saco entonces de mi bolsa un cuerno de unicornio que emite la luz justa que necesito para guiarme.
El olor a carne podrida inunda la cueva corrompiendo el poco oxígeno que había. Los restos de cadáveres son más que evidentes a medida que avanzo, están esparcidos por doquier y el hedor, cada vez más fuerte, anuncia la cercanía a la cámara principal. De pronto la temperatura aumenta considerablemente y veo la luz de una antorcha ondular en la pared, ahí donde es la curva era más abrupta. Miro a mi alrededor y me doy cuenta que en tan cerrado espacio no puedo utilizar mi espada. En vez de ella escojo mis dos gladios que son más factibles para la cueva. Doblo la curva esperando encontrarme con el portador de la luz.
Nada.
Solo dos fogatas a ambos lados. Sigo avanzando alerta, esperando a aquel que encendió las llamas. Ya el oxígeno se va agotando, paso por entre las hogueras y se despiertan. Dos criaturas de fuego se levantan y arremeten contra mí, de un salto esquivo el primer ataque y me corro contra la pared. Las criaturas se me quedan mirando un momento con sus ojos rojos, me señala una con el brazo, abre la boca emitiendo un sonido estridente y el brazo sale disparado hacia mí. De milagro escapo y ruedo lo suficiente rápido para de un tajo cortarle los pies. La criatura cae envuelta en un mar de chispas. Como un tigre esquivo un latigazo lanzado con malísimas intenciones por la otra criatura. Suelto mis gladios y cojo una roca, grande como un escudo, y trabo el látigo con ella. Aún sin ser de metal como mis anteriores armas, el calor extremo que alcanzó la piedra hace que me salga una ampolla en la mano. Piso la roca, recupero mi gladio y de un golpe corto a la criatura en dos.
Arrastrándome, me recuesto contra la pared a coger un poco de aire y recuperarme de las ampollas en las manos y brazos. Suelto mis armas para poder examinar mis heridas. Para colmo estos seres con sus llamas inextinguibles han consumido casi todo el aire y ya cuesta trabajo respirar. Me propongo observar sus cadáveres. Me acerco a ellos, miro a uno y abre los ojos. Las llamas casi muertas hasta ese momento crecen hasta hacer desaparecer mis pestañas. Los dos cuerpos se unen en uno solo más grande y lento que los anteriores. Pero más fuerte. Ruedo sobre mí en busca de los gladios y en vez de ellos lo que encuentro es la caja con los corazones de los freezer, ¡claro! Agua, o en este caso hielo.
Rápido como un rayo cojo mi gladio, esquivé un mazazo de llamas que rompió parte de la pared tras de mí. Corro hasta el otro extremo de manera que le gano las espaldas y se la desgarro con el gladio. En el hueco abierto introduzco mi mano y le encajo los corazones de los freezer. Mi brazo no salió muy bien de aquello y mis pulmones tampoco. Corro de nuevo para separarme lo más rápido que puedo de las llamas. Desde el suelo observo, antes de desvanecerme por la falta de oxígeno, cómo la criatura despide una mezcla de vapor de agua, se retuerce dando tumbos contra las paredes hasta caer. Es lo último que veo antes desmayarme.
Abro los ojos y aspiro una bocanada de aire como si me estuviera ahogando. Me despertó su canto. Lo sentí de forma clara por primera vez. Está cerca. El oxígeno se ha normalizado y la oscuridad es total. Busco a tientas mi bolsa. La encuentro y extraigo el cuerno de unicornio. El camino que sigue delante de mí es todo bajada. Tengo que caminar despacio, no solo para vigilar a mi alrededor, ahora también para no caerme. Llevo descendiendo casi cinco minutos y veo al final del túnel algo que brilla. La puerta a la recámara es una telaraña luminosa por todos los bordes de la entrada haciendo imposible ver hacia adentro sin acercarte. Con la espada me abro camino a través de la telaraña, entro a la habitación y la veo.
La Viuda Negra.
Es hermosa: cuerpo de plata, de dos metros de alto, cabello rojo sangre, igual a sus ojos. Su pubis está cubierto de escamas de hielo plateado, pechos grandes y sus cuatro piernas cubiertas de un vello luminoso. En el techo están los huevos pegados a la red de telaraña. Ella está apoyada en la brillante matriz de sus huevos, fuente de toda la luz en la cueva. Me mira sin moverse y de repente su cabello se levanta y enciende como una antorcha, haciendo que su piel emitiera reflejos plateados por las paredes.
En tres pasos llego a ella, su cabello cae nuevamente sobre sus hombros, sus piernas se doblan, su vientre poco a poco se va curvando y sus manos agarran mi rostro.
—Ya era hora que llegaras—dice—. Te he estado esperando, mi rey.
—¿Me esperabas, dices?
—Sí, Jakhal, lo hacía.
—Si sabes mi nombre, sabes entonces qué vina a hacer aquí.
—Oh, no, mi amor. Crees que viniste a matarme, pero no es así. Primeramente, no viniste. Yo te traje.
Siento que mi piel se eriza y temo. Temo por lo que no conozco pero sé que ella me tiene reservado. Mi instinto me dice que ataque y le corte el cuello, pero veo los orificios en la pared. Hay algo que se mueve en ellos. Espero a mi oportunidad.
—Dices muchas cosas, Viuda, pero nada pruebas. Si es cierto que me trajiste, ¿qué me impide que ahora mismo no te separe esa hermosa cabeza de tu cuello?
—¿Por qué no lo hiciste cuando tuviste tu oportunidad?
Es cierto, no pude. No sé por qué. La miro y su sonrisa hace que la quiera matar con todo mi corazón. Pero algo me dice que no lo haga. Aún no me digo.
—La razón de eso es que quiero cerciorarme que seas quien dicen que eres. No lo creo.
—¿No lo crees? ¿Qué te hace pensar eso, explorador?
—Que las entradas de las cuevas que los otros exploradores encontraron estaban en la tierra y eran de menor tamaño. Algo así como esas que estás detrás de ti. Tú no cabes por ahí, por mucho que me quieras convencer que sí.
—Es verdad que no quepo por ahí. Qué inteligente eres, mi amor, por eso te escogí —Ella extiende sus brazos hacia arriba y una decena de extraños animales parte araña, parte mono, descienden al suelo y se colocan alrededor de la criatura—. Ellas me hablaron de ti y desde hace años que te estoy siguiendo a través de mis hijas. Mediante ellas he llegado a comunicarme contigo. No me digas que nunca has escuchado mi llamado.
—Yo nunca…
—Es inútil que me mientas. Te he visto, Jakhal.
—¿Para qué me quieres entonces, Viuda?
—No me llames así, amor. Mis hijas son a las que tu gente le llaman Viuda. Yo soy su Reina. Puedes llamarme así o como tú quieras hacerlo.
—¿No me respondes aun?
Las criaturas me miran de una forma rara y amenazadora. No sé explicarlo, pero siento sus miradas sobre mí. No es la primera vez que siento esta sensación.
—Te necesito, Jakhal. Tú también me necesitas, solo que no lo sabes.
—¿Cómo es eso, Reina? ¿Para qué te necesitaría a ti?
—Porque todo mi reino sería tuyo también. No solo serías gobernador en Tántar. Piensa en grande. Serías Rey de todas las criaturas vivientes y todas las tierras habitadas por ellas. Dime, querido, ¿no es lo que quieres?
No tengo idea de cómo sabe de mi aspiración al puesto de gobernador. No lo niego, me siento tentado. Pero aún me tienta más su cabeza en mis manos. Algo me huele a trampa.
—¿Por qué yo, Reina?
—Has sido el único capaz de escuchar mi voz a través de mis hijas. Eso te hace único entre miles.
—¿Y cómo yo pudiera ayudarte? No sé hacer otra cosa que rastrear y matar a tus hijas.
—Mis huevos, amor. Mis huevos son estériles. Te necesito para poder fecundarlos. Necesito de tu cuerpo y tu carne.
Se acerca y siento el calor de su pelo encendido. Es bella y su tacto es cálido. Es hermosa. Su boca me dice que la bese y quiero hacerlo. La tomo en mis brazos y mi cuerpo me pide que la tome y fertilice sus huevos. Su roce me calienta. La beso y ella me lo devuelve mientras me desarma. Yo me dejo. Ella se aleja lentamente y me sonríe. Oh, esta vez tengo que contenerme para no irle encima. No aguanto esa sonrisa. No sé si para hacerle el amor o hacerme con su cabeza. Es posible que ambas. Logro contener mis impulsos.
—Sabía que hacía bien al traerte.
—No me subestimes, Reina, que aunque sea uno entre miles por tener la capacidad de escuchar tu voz, también soy único en cuanto a rastrear se dice. Incluso pude amaestrar a uno de tus hijos.
—¿A él? —Me dijo mientras señalaba a la puerta.
Me viro y veo entrar a Draco por la puerta. La miro entonces a ella y veo que su sonrisa continúa en sus labios como diciéndome “te lo dije”. No puede ser. Él me había salvado de la muerte incontables veces y nos habíamos acompañado en nuestros peores momentos. Lo quería más que a mi propio hermano y sabía que Draco sentía lo mismo por mí. Puedo escuchar en sus labios las palabras de mi madre es que tienes una mente muy débil, Jakhal, no te creas cosas. Nada fue cierto, ahí está la prueba viviente que no amaestré a ningún Draco. No fue talento lo que me llevó a rastrear a las bestias. Y sobre todo que no soy un cazador, al tenerla ahí delante de mí y solamente puedo pensar en que nunca llegaré a ser nadie en la vida como decían mis hermanos.
—No te desalientes, mi vida, que has sido elegido para la grandeza. Contigo a mi lado nuestros hijos nacerán grandes y fuertes. Podrán conquistar el mundo y tú serás su Rey y yo su Reina.
—¿Yo seré tu Rey?
—Mío y de todos los reinos.
Ella se despoja de todos sus guardianes y los envía a sus túneles. Solo la miro y me maravillo de su belleza y su cuerpo y su caminar y su voz. Abro los brazos para recibirla en mi cuerpo y beso su boca y sus escamas. Ella me mira y no ve en mis ojos aquel deseo por su sangre. Me pasa la mano por la cabeza. No mueve los labios pero escucho sus palabras de conquista, hijos, muerte y grandeza que siempre he querido escuchar. Y le digo que sí. Oigo la palabra Rey y me parece tan tangible que todas las penas pasadas me parecen una pesadilla. Solo quiero fertilizar sus huevos. Ella abre la boca una vez más y me dice al oído.
—Pero antes de todo eso hay que deshacernos de ciertas criaturas que, desobedeciendo mis mandatos, han derramado la sangre de hermanos suyos.
Otra vez veo esa sonrisa y aquel deseo de sangre corre nuevamente en mí.
Sé que ella se refiere a Draco y él lo sabe también. Tal como lo habíamos practicado miles de veces antes, no me defrauda. Puedo ver la mirada de asombro y miedo en los ojos de la Reina mientras siento como la espada llega a mi mano.