Había casi decidido abandonar su búsqueda cuando el canto recomenzó un poco más lejano.
UN ANIMAL SOÑADO POR C. S. LEWIS
*El libro de los seres imaginarios
Jorge Luis Borges
Cuando te presentan a Mr. Q, la primera impresión que da es la de un buen hombre. Con el tiempo notas que es algo más; trabajador, responsable y otras cualidades similares, que hacen que lo respetes más si se tiene en cuenta que además padece de ceguera.
A sus muchas cualidades, se le podría adicionar que, para ser invidente, es un hombre que ha conquistado a muchas mujeres; pero ninguna le duró demasiado debido a su gran defecto, que vale aclarar: no es la ceguera, sino su racismo. Es algo que nunca entendimos, sin embargo, es cierto.
Toda relación que ha comenzado, ha ido viento en popa durante las primeras citas. Mr. Q es un romántico de los que ya no existen: las colma de flores, regalos y atenciones. Desea conocer a su familia, planifica el futuro. No obstante, a la hora de consumar el acto, hace la fatídica pregunta, para todos absurda, y que lo mantiene tan virgen como María. No sabe por qué todas las que atrae tienen algún tipo de piel que no acepta. Muchas teorías sobre el color, textura o etnia hemos elaborado al respecto -pues ha tenido de todo- y ninguno ha dado con la realidad.
Cuando ya había aceptado vivir por siempre en soledad, encontró a Sally. Fue como enviada por los dioses. Era un clon femenino de Mr. Q. Nadie ha conocido jamás una pareja que fueran tan parecidos en todo. Cuando él surgía con un regalo, ella le tenía preparada una sorpresa. A la hora de conocer a sus familias, hubo de decidirse a través de un sorteo para saber a cuál visitar primero; pues cada uno quería dejar a la suya para el final. E igual que él, Sally tampoco podía ver. En fin, eran el uno para el otro.
Estábamos preocupados por Mr. Q. Lo notábamos muy enamorado y, luego de las múltiples desilusiones pasadas, temíamos que fuera a suceder lo mismo que en sus relaciones precedentes.
El día que decidiría su futuro con Sally, llegó. La pareja dispuso que era el momento de consumar su amor y Mr. Q, con mucho miedo de la posible respuesta, hizo la pregunta. No pudo contenerse.
—Yo no sé —fue la respuesta de Sally—. ¿Cómo piensas que voy a saberlo? Es obvio que no puedo verlo. Ni me ha interesado jamás. ¿Por qué lo preguntas?
Ese día no ocurrió nada físico entre ellos. Al siguiente Mr. Q nos preguntaba muy avergonzado de qué color era Sally, estaba desesperado por saber. Algo que ninguno de nosotros se decidía a responderle, para no entrometernos y reconocer no saber qué decirle. Cualquier respuesta podía ser la incorrecta.
Nunca antes un ciego había reparado jamás en colores, pensábamos.
Mr. Q siguió indagando a cuanto ser encontraba y nadie podía decirle, pues no conocían el color adecuado, o sencillamente, por ser tan invidente como él.
Pasaron las semanas e intentó varias pruebas. Sintió la temperatura de los objetos a ver cuál coincidía con ella, igualmente sin resultados. Cuando ella le preguntó el porqué de tanta obsesión, él cometió el error de contarle sobre su teoría de los colores y explicarle qué era eso. Ella lo entendió bastante rápido y aceptó su forma de pensar, incluso la abrazó como suya. Tomó las manos de Mr. Q y la puso sobre su pecho y le pidió que sintiera en el fondo de su ser cuál era el suyo. A él le gustó la respuesta recibida. Luego puso ella las manos sobre él e hizo el mismo experimento. Se levantó y se fue. Desde ese día, Sally aborreció a Mr. Q para siempre. Nunca volvió a ser el mismo.