Qué cruel destino hizo que ella llevara aquel nombre. Qué Dios tan inconsciente permitió que ella viviera cerca de un mar ajeno a la calma, que desde niña su corazón y su piel hubiesen conocido de heridas, rechazos, ruinas y que después de vivir tanta tristeza, ya no le importara nada.
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Aquella noche fatídica era perfecta para hacer la muerte. Alfonsina había escogido la hora más sola y más oscura para que no hubiese testigo. Salió de su casa con un solo pensamiento y sin mirar atrás, avanzó por entre las piedras, la arena y el agua. Sintió frío y ella misma se abrazó, sabiendo que nadie más podría hacerlo.
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Cuando encontró el lugar preciso, tal vez previamente visualizado por ella, se detuvo. No escondió su rostro empapado en llanto, simplemente se lo mostró al cielo. Era su última acción rebelde, cómo tratando de humillar a los dioses que no habían logrado defenderla. Y así, con el rostro empapado, comenzó a caminar hacia el mar sin que nadie la detuviera.
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Ya dentro del mar, seguía caminando y sin saber por qué, el mar se puso calmo. Más que frío, las olas envolvieron su cuerpo y ella sintió el roce cálido. Caminó y caminó y las olas nunca su cuerpo sobrepasaron, era como si supieran lo que ella estaba pensando y el mismo mar se negara a darle aquel final trágico. Entonces, ella nadó y nadó y se reconcilió con la vida, y el mar no supo más de ninguna otra Alfonsina.