Me encontraba yo en un cantina, donde lo único que se escuchaba hablar a los borrachos y hambrientos era sobre la guerra próxima. La gran tercera guerra mundial. Era la sensación del momento. Yo no tenía motivo para estar en ese sucio lugar. Tenia dinero suficiente como para no pasar hambre nunca y mi vicio no era la bebida, sino los hermosos ojos y esa sonrisa encantadora que poseía la mujer de la barra. Siempre pedía lo mismo, un plato de arroz con pollo frito y una copa de vino (siempre ingería el vino pero a descuido de la chica desechaba la comida). Hoy, como de costumbre, pedí lo mismo, pero no vi a la chica por ningún lado. Me sentí vacío. Pregunté al hombre que trabajaba con ella (y admito que en tono hostil) qué en dónde se encontraba su amiga, el hombre me respondió con una afabilidad que me dejó perplejo, dijo que Susan había enfermado. Escuchar esta noticia me hizo sonreír, no por el hecho de que mi amada hubiese enfermado, sino porque después de 6 meses, por fin sabía su nombre. No creo que 6 meses justifiquen un amor por alguien, pero yo estaba perdidamente enamorado. En mi mente había fantasías de una vida junto aquella mujer que me encantaba, no sólo por su belleza física, sino también por su buen carácter y esa amabilidad que eran propios de ella. Justo eso hacían mis pensamientos cuando un hombre pálido del miedo y alterado por éste entró a la cantina gritando que la guerra había comenzado, y todos y cada uno de los países del mundo participaban en ella. Se escuchó un silencio mortal, después murmullos, después una mujer grito al cantinero para que este encendiera la radio.
¡Oh Dios, padre celestial, te imploramos que el mar de la guerra no caiga a nuestra nación, y con sus olas y mareas destruya todo lo que nuestra humildes manos obreras han construido y toda la felicidad que hemos construido con ellas! -dijo el locutor entre lágrimas y sollozos. Un alboroto se produjo en la cantina. Todos los presentes corrían desesperados , quien sabe a donde y muchos resultaron heridos en esta contienda por salir del local. Mujeres lloraban y gritaban. Hombres también. Muchos estaban asustados pero dispuestos a luchar contra nuestros enemigos (según se decían, eran USA, Alemania, Corea, un par de hermanos latinoamericanos y otro par de europeos) -Pobres almas, nada podrá una bala contra miles de bombas nucleares - pensé y me encamine de manera parsimoniosa a la entrada del local, inhale una bocanada de aire frío y lloré. Lloré por no volver a ver a mi amada, por mi muerte próxima, por no cumplir ni la mitad de mis metas en la vida, porque no disfrute de los pequeños placeres de la vida, como aquel plato de arroz con pollo frito que preparaba mi amada con dulzura y amabilidad, como si yo fuese su querido esposo y posible amor eterno. Entre lágrimas y lamentos, cerré los ojos y dormí.