Yo tenía siete u ocho años y vivía con mis padres y mi hermana en una humilde casa, nuestra situación económica era apremiante al borde de faltarnos el alimento.
Mi padre oficial del ejército había sido víctima del golpe de estado de 1956 y el nuevo gobierno lo puso preso y lo dio de baja, situación difícil aunque menos grave teniendo en cuenta que muchos de sus compañeros fueron fusilados sólo por defender un gobierno que él consideraba constitucional.
Tuve un padre especial, siempre pensando en hacernos felices a pesar de su angustia por haber perdido compañeros y su situación después de más de treinta años en la institución.
Siempre mantuvo un espíritu alegre ante la familia, de tal manera que yo nunca sentí sufrimiento o angustia transmitida por él.
Algunas tardes me invitaba a pasear. Nos montábamos en su viejo carro y nos íbamos al campo, otras veces subíamos el cerro del Ávila o nos montábamos en el teleférico y desde allá bajábamos hasta Tulipán.
En otras ocasiones caminamos por el centro, me mostró la Casa de Gobierno, el edificio del Congreso, y un montón de edificaciones viejas y nuevas de la ciudad de ese entonces.
Un día me dijo que ese edificio donde se reunían los diputados era suyo y yo sin dudas pensé que era alguna broma.
Yo no le creí hasta que llegamos al Congreso de la Nación y entonces saludó al portero vestido de gala y recibió un saludo casi reverencial y en ese momento, en ocasiones de su mano recorrimos el lugar y quedé maravillado del mismo.
Los paseos con mi padre eran mágicos, llenos de juegos y misterios. Me enseñó a no desmayar ante la adversidad, que se puede ser feliz si te lo propones todos los días porque la vida es maravillosa aún en las peores circunstancias.
Me enseño a defender mis convicciones sin esperar que otras la entendieran y a estudiar y trabajar en lo que me gustara, sin temor a fracasar.
No estaba arrepentido de su pasado y sostenía que nunca el país estaría mejor que en esa época en el cual servía al ejército y años después me di cuenta que tenía razón.