Querido hermano:
Hoy, mientras veo por WhatsApp la foto que me enviaste de Tito trepando a un árbol, con esa mezcla de torpeza y valentía que solo tienen los niños, me transporté de golpe a nuestra infancia en el marabuzal.
De pronto, ya no estaba viendo a tu hijo, sino a nosotros dos corriendo descalzos entre los surcos, chapoteando en el río después de la escuela, inventando mundos enteros bajo la sombra del viejo guayabo que, para nosotros, era castillo, nave espacial y refugio secreto. Y entonces entendí algo: Tito está viviendo su propia versión de esos días dorados, y aunque su mundo sea distinto al nuestro, el viaje que emprende ahora —ese del descubrimiento de sí mismo— es tan sagrado como el que hicimos tú y yo entre aquellos marabuzales que nos vieron crecer.
¿Recuerdas la guásima junto al río, la que tenía una rama perfecta para sentarse? Era nuestro tribunal de justicia. Allí resolvíamos disputas: quién había pisado primero la línea del juego, quién se quedaba con el último mango. Hoy, Tito tiene sus propios dilemas.
Los niños de 9 años, hermano, son como ese guásima: estiran sus raíces hacia lo profundo (valores familiares) mientras sus ramas prueban el viento (influencias externas).
Por eso:
Sé su tierra fértil, hermano. Cuando te haga preguntas incómodas, respóndele como abuelo nos respondía a nosotros: con historias. Cuéntale de aquella vez que lloraste porque el toro te tumbó el almuerzo, y cómo al día siguiente volviste al corral con más valor.
Déjalo trepar solo a ese árbol. Nosotros aprendimos a medir riesgos cayéndonos de los árboles (¡cuántas costras nos sacó mamá con alcohol y chancletas!). Ahora Tito necesita equivocarse en cosas como olvidar la tarea o elegir mal a un amigo.
Había un charco junto al camino de la escuela donde, después de la lluvia, se formaba un remolino perfecto. Tú le llamabas "el hoyo del miedo" porque decías que tragaba monstruos. Tito también tiene su hoyo del miedo: son esas noches que se despierta angustiado porque "algo pasará" o esos berrinches que en realidad esconden tristeza.
A los 9 años:
Las emociones son como el río de nuestra niñez: claras pero impredecibles. Un día son aguas tranquilas donde se refleja el cielo ("¡Papá, soy el mejor en ciencia!"); al siguiente, un torrente que arrastra todo ("¡Nadie me entiende!").
Enséñale el truco de la bola en el remolino. Nosotros lanzábamos piedritas al agua para ver cómo la corriente las llevaba. Así puedes enseñarle a él a observar sus emociones sin ahogarse en ellas. Por ejemplo, puedes decirle: "¿Qué sientes ahora? ¿Grande como una roca o pequeñito como una hoja?".
Los domingos, nosotros jugábamos a la pelota con semillas secas de marabú. Era más que un juego: era ensayar ser alguien. Hoy, Tito hace lo mismo cuando:
Juega a ser youtuber (está probando cómo expresarse).
Inventa reglas nuevas para el fútbol (desafía estructuras).
Aquí, hermano, está la clave: el niño que juega es el adulto que será. Nosotros supimos que eras líder cuando organizabas las carreras en sacos; yo, artista cuando declamaba los versos de Martí encaramado en la mata de aguacate que había en el jardín. Presta atención a cómo juega mi sobrino:
¿Construye puentes con palos (es un solucionador)?
¿Negocia roles (Hoy tú eres el malo) (un gran diplomático)?
Eso es el Ser en estado puro.
La ceiba de la finca tenía una hendidura justo donde cabía un niño acurrucado. Era nuestro lugar para llorar, soñar o simplemente estar. Tito necesita su "hendidura", momentos donde no lo interrogues sino donde le des espacio para que él mismo descubra lo que siente.
Algunas de estas frases pueden ayudar:
"Cuéntame si quieres... o podemos sentarnos en silencio".
"A mí también me daba miedo quedarme solo en el maizal".
"¿Quieres un abrazo o prefieres que te espere aquí?".
Hermano, escribo esto con los pies descalzos sobre el piso —como nos gustaba a nosotros— para no olvidar que, al final, educar es plantar semillas. Tú y yo sabemos lo que es crecer entre surcos: que hay días de siembra (paciencia), días de riego (ternura) y días donde solo queda confiar en que la tierra sabe hacer su trabajo.
Tito tiene nuestra sangre campesina: terca para levantarse, fértil para crear y sabia para esperar su momento. No lo eduques para ser "el mejor"... edúcalo para ser él mismo, como aquel guayabo que daba frutos dulces sin pedir permiso.
Y si alguna vez dudas, recuerda nuestra infancia: ¿Acaso no somos hoy lo que aquellos juegos sembraron en nosotros?
✳️ Texto de mi autoría. Imágenes referenciales de Pixabay.
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