Este es un cuento que escribí hace unos años, el que revisé hace poco y pongo a su disposición
(Imagen hecha con Gemini AI)
La hamburguesa
Por Roberto Armas Saladrigas
Era una noche oscura en la colonia humana de Sarmis. El ejecutivo de bienes raíces Eustace Manner conducía su aeromóvil por la autopista 58, en dirección a la cercana ciudad de Metxis, donde tenía un trabajo importantísimo al día siguiente. Esto le ocupaba la mayor parte de su atención …aparte de la obvia que debía tener al conducir, pues despreciaba a los robots paradisianos y todo lo que tuviera que ver con inteligencias artificiales a la hora de manejar su querido vehículo.
Sin embargo, su enojado estómago, que no estaba sujeto de ninguna manera a su cerebro, le recordó que no había comido nada desde hacía horas.
Frente a su aeromóvil, el camino se extendía a lo lejos, sin parecer tener algún sitio como una gasolinera o algo así. Pero unos kilómetros más adelante apareció un pequeño edificio. En su cercanía, sobre un poste, tenía un cartel lumínico indicando que se trataba de un puesto de comida rápida.
Maniobrando prudentemente, Manner se detuvo en el pequeño estacionamiento del local y se dirigió a la ventanilla que sobresalía del frente.
— Buenas noches. Quisiera ordenar una hamburguesa doble con queso y lechuga, para llevar.
Sin embargo, la ventanilla se abrió un poco más, apareciendo el dependiente. Se trataba de uno de aquellos alienígenas gigantes de cuatro brazos, tres ojos grandes y negros y piel lila que también vivían en el planeta junto a los humanos. Vestía un uniforme de corte terrícola, con gorrito de papel en la cabeza y todo, el que cubría los característicos cuernos que su especie tenía.
— Lo siento, pero aquí sólo servimos comida rápida transcultural para individuos de mi especie. Un jindic, o sea, un no-uluriano como usted, encontraría nuestra sazón un poco...
Manner, a quien no le interesaban las ideas racistas o especistas de algunos lugareños, lanzó un bufido y le interrumpió:
—Dejémonos de discriminación barata, ¿sí? Tengo hambre y no tengo problemas con comer la comida que me sirva usted, un enano amarillo de metabolismo criónico o un multípodo coraloide metálico. Al menos su especie y la mía respiran el mismo aire y tienen bioquímica similar, así que, por fuerza, la comida no debería resultarme venenosa o algo peor. Además, su puesto es el único sitio en decenas de kilómetros según el GPS. ¿Podría entonces preparar mi orden, por favor? Tengo prisa.
El gigante lo miró con sus grandes ojos oblicuos con lo que parecía conmiseración…gesto que pasó desapercibido para el humano, que no sabía interpretar las expresiones del enorme rostro de rasgos cetáceos.
—¿Es acaso un recién llegado al planeta, señor? ¿O es que nunca ha salido de esta colonia?
—Lo segundo. Soy ejecutivo de una gran firma de bienes raíces que vende casas a humanos, y para ello tengo que ser nacido y criado aquí. Cosas del negocio, ya sabe. No nos interesa lo que esté más allá de lo que concierne a mi especie.
—Seh, cosas del negocio—masculló el uluriano, quien sonrió divertido luego de una pausa—.Está bien. Soy un firme creyente en enseñar nuestras costumbres sobre la marcha, así que por esta vez haré una excepción con usted y le prepararé algo, ya que está tan hambriento.
Desapareció entonces en dirección al interior, cerrando la ventanilla tras de sí.
Manner, mientras tanto, se sorprendió al escuchar de pronto los lejanos sonido de forcejeos, una prensa hidráulica, gritos de ultratumba, pujos y algo así como un león gruñendo y siendo apaleado con una barra de metal. Curioso, intentó asomarse por los cristales…sólo para ser sorprendido por el regreso del dependiente.
En una bandeja amarilla con listas negras, el gigante violeta traía una gran bolsa de plástico roja con bandas plateadas, rotulada con diversas señales y coloridas publicidades en varias lenguas, la que agarraba con sus manos superiores como si se le fuera a escapar. En el centro de la bolsa y la bandeja había inscrito un curioso logo ovalado a todo color. Se trataba de una hamburguesa con dientes y ojos feroces y amarillos que desprendía una estela de velocidad y sangre salpicada, alrededor de la cual se podía leer, en lengua común:
LAS SABROSAS HAMBURGUESAS NANOREFORZADAS MARCA “GORE”
¡TAN SALVAJES COMO SIEMPRE!
En otro anuncio publicitario, esta vez en la bolsa, rezaba:
¿ESTÁ ABURRIDO DE COMER SIEMPRE LO MISMO?
¿LE FASTIDIA LA MONOTONÍA?
¡PRUEBE LAS HAMBURGUESAS GORE PLUS!
¡LES ASEGURAMOS EL DOBLE DE IMPULSOS EN SU ORDEN CON CADA COMPRA!
Cuando tocó la bolsa, ésta ronroneó suavemente, como un motor en baja. En un costado de ésta decía:
AGÍTESE ANTES DE ABRIR. EN SU DEFECTO, GOLPEESE CON BASTANTE FUERZA.
“Publicidad alien barata”, gruñó para sí mismo el humano.
— ¿Cuánto le debo?—dijo Manner, rebuscando en sus bolsillos.
Se sorprendió entonces cuando, al subir la vista, el dependiente había cerrado la ventanilla. Junto a la bandeja (que ahora que se fijaba, tenía una marca con forma de mordida que parecía algo decorativo de las tales “Hamburguesas Gore”), el gigante le había dejado un pequeño bate de béisbol con el logo de la marca.
— ¡¡¡Invita la casa!!!—escuchó desde el otro lado de la ventanilla que le decía la voz del gigante de cuatro brazos, justo antes de una risotada burlona. Acto seguido, escuchó el sonido de una reja de seguridad al activarse.
Intrigado y sin saber el por qué de aquella reacción del dependiente, Manner subió a su aeromóvil, poniéndolo el piloto automático y depositando sólo la bolsa con la hamburguesa encima del tablero de mandos. Sintiendo un nuevo gruñido de su estómago, decide abrirla. Dentro sólo había una gran y olorosa hamburguesa de res en pan de centeno espolvoreado con ajonjolí, a la que se le salía el queso y lechuga por los bordes. Una gota de saliva le cayó entonces a Manner en la camisa.
Gruñendo y buscando un pañuelo desechable, éste le quita de encima la vista a la hamburguesa por un momento...perdiéndose así el parpadeo de tres ojos malvados, muy bien disimulados en la corteza del pan.
Mientras, en el bar de comida rápida, el encargado se ha escondido detrás de un mostrador y cuenta, entre risas:
—Cinco…, cuatro…, tres…, dos…, uno…
Unas horas más tarde…
Tras ser dejado a un lado de la carretera por una nave roja y triangular, que despegó de nuevo hacia sabía Metacaballero donde, un sucio, ojeroso y muy herido Manner entra cojeando por la puerta del bar de comida rápida, un edificio de estilo uluriano en medio de la nada. El dependiente, otro gigante alienígena de cuatro brazos y piel lila, limpia despreocupadamente un par de vasos mientras ve en las noticias, que se reproducían en un holovisor barato y extrañamente nuevo, algo poco común en esta clase de locales.
— ¿Aprendió la lección al fin, señor?
Manner asiente y se sienta con bastante trabajo en una silla. En el holovisor aparece en ese momento el grave incidente que ocurriera la víspera en plena noche. En las imágenes (bastánte gráficas) se mostraba la captura del peligroso biodroide con forma de pan con carne que había causado la terrible devastación que se veía alrededor, usando nada menos que cuatro mechs del gobierno colonial para someterlo al fin a punta de cañonazos turboláser.
El aspecto del humano es terrible: pese a que está vestido con un nanotraje de skintex, cedido amablemente por los militares yrissianos que lo recogieron para reponer su perdido esmoquin y zapatos, su cuerpo está casi totalmente cubierto con esparadrapo. En su cabeza, medio deformada por una reciente cirugía de emergencia, partes de su pelo están quemadas o simplemente ausentes. Aquella cosa le había arrancado medio cuero cabelludo con su primer ataque. De hecho, en la grabación del hecho se veía su cuerpo, tendido bocabajo en un charco de sangre, extremidades y tripas.
—Tuvo suerte de que decidí sólo darle una lección suave y le puse una Stalker Regular sin extra de “cátsup”—continuó hablando el gigante, con un tono de ligero regaño—. ¿Se imagina lo que hubiera causado una Jumbo Terminator Hipercargada, la favorita de mis clientes? Por fortuna para usted y toda la colonia, tengo licencia, respeto las normativas de límites y linderos y ademas poseo un seguro de Primera Probada que me ampara contra casos como el que acaba de pasar y que me salió bastante caro. Ya es bastante difícil convencer a tus autoridades de tener mi pequeño negocio aquí. Y no se preocupe; usted no ha sido el primero al que le pasa esta clase de “accidentes”. Es bueno ver que la gente de aquí no son todos unos cabezashurcas racistas. Pero una cosa es “racismo” y otra bien distinta es “advertencia”.
—So-sólo qu-quiero preguntarle una co-cosa—tartamudeó Manner, entre temblores afiebrados y con voz cascada—. ¿¡Cómo ca-carajos ustedes pueden comerse… ESO!!?
En ese mismo instante, una mujer de la raza del dependiente entra en el puesto de comida rápida y se sienta en la barra, arreglándose el vestido con maneras recatadas.
—Por favor, póngame una Jumbo Terminator Hipercargada con queso tangler. Y que tenga bastante “proteína”. Usted sabe…bastante más vivaracha de lo normal. La agresión que ponen en la publicidad…y eso.
Al decir esto, la chica se relamió y le brillaron los ojos.
Diligente, el encargado se internó en el cuarto trasero. De nuevo se escucharon los forcejeos, mugidos, golpes de barras de hierro, prensas y gruñidos que antes intrigaran a Manner, esta vez a más volumen que la vez anterior. Y otra vez apareció el gigante lila con una bandeja similar a la suya, en la que descansaba una caja blindada casi idéntica a la que recibiera él mismo, sólo que mucho mayor y amarrada con cadenas cromadas a la bandeja. Esta versión ni siquiera ronroneaba, sino que daba pequeños saltitos furiosos en dirección al encargado y sonaba como si alguien hubiera encerrado un Rottweiler rabioso dentro. Por supuesto, no podía faltar el inefable bate de béisbol de majagua con el logo, que creyó en un primer momento una bromita pesada y no un implemento necesario para defenderse de aquella cosa que lo sacudió como si fuera un chihuahua jugando con un trapo.
La mujer, tomando la boca de la bolsa con una mano, provocó que su contenido se volviera más agresivo aún y saltada hacia ella con tanta fuerza que casi arranca las cadenas. La “damita”, al parecer satisfecha de los gruñidos y aullidos que soltó la cosa al intentar comérsela entera sin éxito, agarró el bate y le descargó un único y bestial golpe que casi rompe la barra en dos. Su contenido quedó de inmediato quieto, sin vida. Y ante el azoro de Manner, la clienta se comió con gusto la peligrosísima hermana mayor de la que momentos antes había provocado la muerte a veinte personas y heridas a otros ciento cincuenta y cuatro, él incluido.
En ese momento, el dependiente le ponía delante un plato lleno de papas fritas y una mano amistosa en el hombro.
—Disculpe si no le pareció graciosa la broma, amigo. Espero que le aproveche esto. Invita la casa.
Manner miró y sopesó detenidamente la forma y el color de las papas, que se veían como papas a la francesa normales y corrientes, sin patas robóticas o dientes.
—No, gracias—dijo al fin, luego de una larga pausa— No tengo hambre.
Y con una mano apartó lo más que pudo de sí el plato.
FIN
17/12/2018