LA ODISEA DEL CARBÓN PERDIDO: UNA AVENTURA MÁS LARGA QUE LA NOVELA DE LAS 9

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(Imagen creada a partirbde una IA)
Ayer me levanté con una misión clara: conseguir carbón para cocinar. Lo que yo no sabía era que estaba a punto de protagonizar una expedición digna de National Geographic.
¡Señores, aquello no aparecía ni en los centros espirituales! Yo creo que hasta los espíritus estaban cocinando con electricidad, porque carbón no había por ninguna parte.
Fuimos a preguntar por aquí, por allá… Nada. Ni el señor más carero de mi barrio tenía. ¡Y mira que ese hombre vende las cosas como si las trajera personalmente de la Luna! Pero esta vez ni él podía salvarme.
Mientras tanto, mi pequeño remolino no paraba de repetir:
—Mamá, tengo hambre.
Y yo, que ya estaba empezando a ver el carbón hasta en mis sueños, le decía:
—Mi niño, ahora mismo resolvemos.
¿Ahora mismo? ¡Qué optimismo el mío! Si yo lo que estaba era a dos preguntas más de ponerme a cocinar con los muebles de la casa.
Caminamos por montes y ciudades buscando el tan anhelado saquito de carbón. A esas alturas ya no sabía si estaba buscando combustible o el tesoro perdido de algún pirata. Solo faltaba que alguien me entregara un mapa y me dijera: «Siga las huellas del último fogón encendido».
Cuando ya casi había perdido las esperanzas, pasamos por casa de Mirleidys.
Saludamos y, ¡oh, milagro de los milagros!, allí estaba su abuelo, un señor de 94 años, sentado tranquilamente al lado de un saco de carbón recién comprado.
¡UN SACO DE CARBÓN!
Aquello me pareció una aparición divina. Si hubiera tenido una banda de música cerca, le habría organizado una procesión al saco.
Me acerqué al abuelito con el respeto que merece una persona de su edad, pero también con la desesperación de una madre que tiene un niño preguntando por comida cada cinco minutos.
—Abuelito, dígame una cosa, ¿dónde usted encontró ese prieto tan anhelado?
El hombre me miró y, con una tranquilidad que yo ya no tenía ni en los recuerdos, me respondió:
—Hija, donde sonaron las mil voces. Es bien lejos, la verdad.
¿LEJOS?
Mira, a esas alturas yo estaba dispuesta a llegar hasta donde cantaran las mil voces, las diez mil y hasta el coro completo de una iglesia.
—No importa, abuelito. ¡Yo lo necesito!
Entonces el señor, con una sonrisa enorme, me dijo:
—Tranquila, yo te voy a llevar.
¡Ay, mi madre! Aquel hombre de 94 años acababa de convertirse en mi guía turístico, mi salvador y el ministro oficial del carbón en Matanzas.
Y allá fuimos.
Camino al mismísimo fondillo del mundo, persiguiendo el dichoso saquito de carbón. Yo no sé cuántos kilómetros hicimos, pero estoy segura de que, si me hubieran puesto un contador de pasos, me daban una medalla por resistencia física.
Todo por cocinar unos alimentos.
¡UNOS ALIMENTOS, SEÑORES! No estaba buscando petróleo ni una mina de oro. ¡Era carbón para poner una olla al fuego!
Pero bueno, después de aquella travesía, finalmente conseguimos el tesoro negro.
Regresé a casa con mi preciada mercancía y pude cocinar.
Mi pequeño remolino comió, yo respiré tranquila y el mundo volvió a tener sentido.
Aunque, mientras miraba el fogón, me puse a pensar en algo…
¿En qué momento de mi vida pasé de ser una persona normal a una exploradora profesional que atraviesa montes y ciudades para conseguir carbón?
Porque una cosa es querer preparar la comida y otra muy distinta es tener que graduarse de aventurera para conseguir cómo cocinarla.
Y lo más bonito de todo fue encontrar a aquel abuelo de 94 años, que no solo tenía carbón, sino también la disposición de ayudarme a conseguirlo.
¡Que Dios le dé mucha salud a ese hombre!
Porque ayer no solo me ayudó a conseguir carbón… ¡me devolvió la esperanza de que mi niño pudiera almorzar sin que yo tuviera que aprender a cocinar con dos piedras y la luz de la luna!
Y ahora quiero saber una cosa: ¿qué es lo más insólito que han tenido que hacer ustedes para conseguir algo tan básico como cocinar?
¡Cuenten, que aquí estamos para reírnos un rato y comprobar que en este país cada día viene con una aventura nueva!

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