Empiezan los fastos en Málaga, como siempre con la misa de alba de nuestro señor cautivo. Este año con aforo limitado, pero al menos, se ha podido celebrar.
No os equivoqueis, no soy actualmente muy cofrade, le tuve devoción a la cosa, pero hace años que nada. Pero si es verdad, que la carencia de semana santa, aunque sea por meterme con ella, me inquieta.
Se echa de menos las calles abarrotadas, con ese olor de los naranjos en flor, mezclado con el incienso y el de las garrapiñadas de almendras y los algodones de azúcar y el adobo en sartenadas enormes y el olor a vermú sobre la madera de la barra pintada con tiza de la casa del guardia.
Se puede echar de menos ver las familias, con los críos, para pedir cera o la mano de los nazarenos de estas hermandades que no son tan serías, de maldecir las colas para cruzar una calle y saludar a gente que hace años que no ves.
La música y la solemnidad de los tronos, la cara de sufrimiento o recogimiento extremo de los hombres de trono que han ido pasando de los sobrios trajes a ropas de penitentes más del gusto de los hermanos cofrades. Los vivas al Cristo, a la virgen, los exornos florales contrastando con los otros y las platas pintada sobre las maderas nobles de los tronos.
El ver venir la procesión desde lo alto de la tribuna de los pobres, ver calle carretería llena de sillas de la gente que no tiene para pagar la silla del recorrido oficial. Venirme recuerdos con mis abuelos, cogiendo sitio con sillas, la manzana de caramelo, el trono a pulso en Tribuna.
Se ve que con los años me voy ablandando, cuando la vida te da un parón tan brusco como este coronavirus terrible,echas de menos todas esas pequeñas molestias buscadas, ese arromolinar de gente, eso tan andaluz, tan popular y tan sentido de honrar la pasión y muerte de Cristo, en las calles.