Durante los nuevos primeros años, la cosa fue bien, es como cuando te pones una peli que ya has visto, en vez de estar cambiando de canales a ver que encuentras, ganas la tranquilidad de los momentos comunes. Pero también, descubres las trampas, los trucos y artificios para llevarte a la emoción. Lo mismo le pasó con su marido, lo veía como un doppelgänger pesado del hombre con el que creyó casarse.
Pura vanidad, pura fantasía de adolescente, arrastrada por la Superpop y un miedo a la epidemia de su tiempo, el SIDA y el resto de ETS, que hacían que la calidad comodidad de un nuevo, lejos de bares, de litronas y porros compartidos, una realidad disney no edulcorada, si no más bien volcada en el azúcar como único sabor. Como ya sabemos bien, la palatabilidad es un monstruo grotesco que cada vez pide más y más azúcar para sacar ese sabor de antaño, primigenio que te fascinaba, todo puro engaño, te inflamas, te acolchas y pierdes la condición del ser.
Buscó las vías, para salir de allí, pero como no conocía el camino, cayó en las nuevas superpop de turno, las RRSS, los grupos de chicas, empezó modificando su dieta, por una de no se que estrella de Hollywood, empezó a ir al gimnasio donde hasta un entrenador personal grupal tenían, que lo único que sacaron es que se lo follaron de forma ordenada todas las bienaventuradas mujeres del grupo, mientras proseguía la crianza.
Comprar por internet y cultivar una nueva afición, ya sabéis, en este caso la fotografía, un curso de veinte horas, clonado el número suficiente de veces da la sensación, la falsa seguridad de saber algo de algo. La farsa, fue secundada por el grupo de amigas, sabedoras de los problemas maritales, copias exactas de los suyos, que halaganciaron su ego, participando en esas sesiones fotográficas, de escaso arte, pero mucha risa forzada y confidencia.