Manuel, tenía la curiosa costumbre desde que se jubiló y se fue a vivir con su anciana madre, tenía la costumbre de querer comer todos los días, con su copa de vino, y silenciosos, para no interrumpir al padre ausente, ver el "parte" hasta que ya en con los deportes, se abría la veda para recoger la mesa, e irse a echar la irrenunciable siesta.
Como he dicho, Manuel y María, su madre, tenían la ridícula afición de comer, con sus exiguas pensiones, de viuda ella y no contributiva él, no podían darse grandes lujos y a dios gracias, que las casas, estaban pagadas, sí, las casas, la de la viuda, un apartamento con una terraza en la que el sol era la bendición que daba sentido a los días y el piso de Manuel, en un barrio obrero extrarradios de todo, ni cerca de la playa, ni del centro urbano, pero también, muy a mano de todo, que se alquilaba por una modesta renta que nunca faltaba y servía para costear los seguros médicos de ambos, era el único lujo en un país que hacía aguas.
Manuel, a pesar de estar jubilado, a sus setenta años, conservaba el buen porte y timbre de voz de sus mejores años, y seguía cogiendo trabajos esporádicos, todos de carácter intelectual, por supuesto, ni en sus años mozos fue de doblar la cerviz, ni de trabajos físicos, y con eso, tenían cubierto los imprevistos y las carencias que los años van acerando a la vida. Su madre, a sus 94 años, siempre había sido de una excelente mala salud, le quedaba la sombra de esos hijos que nunca llegaron a hacer lo suficiente para complacer sus sueños, pero Manuel, en la medida de lo posible, quien lo iba a decir, mas de medio siglo después de abandonar de mala manera la casa familiar, había encontrado en el vacío de la ausencia del padre, el nexo de unión que daba sentido a las ultimas paradas del viaje.
María, la madre, nunca había sido muy de fiestas navideñas, le rememoraban la tristeza de los ausentes, y el pensar a sus años, en tener que componer aunque sea una breve cena para dos. Manuel, le dijo que no importaba, que él se encargaba de eso, María, suspiró, recordando los tiempos de la paga extra navideña, como había cambiado todo en los últimos lustros, no quedaba ya ni el poso de la tristeza, eran demasiadas las cosas perdidas.
Manuel, apareció cargado de bolsas, que fue guardando de forma sistemática en la nevera y armarios aledaños. El día siguiente, sería la gran fiesta. Cuando María se levantó la mesa, en el exterior, en la terraza, estaba puesta, un exorno floral coronaba el centro, de una mesa que no faltaba de nada, cigalas, ostras, salmón ahumado sobre panes negros de centeno. En el horno, terminaba de crepitar la piel de cochinillo segoviano, en la vitrocerámica, una cazuela con un buen guiso de pescado al que no le faltaba detalle, y en la nevera, un tronco helado pequeño pero con el inconfundible chocolate de máxima negrura.
Comieron en silencio, no eran de celebrar por la noche, y en ausencia del telediario, una vez acabado el postre y tomando una copa de un cava exclusivísimo que no le sonaba de nada, le preguntó a su hijo, oye Manuel, y todo esto, ¿no veas lo que te habrá costado no?
Y el hijo, sonriendo solícito, le respondió, no te creas madre, ya sabes que he ido ahorrando todo el año.
Pero, replicó la madre, aun así, es excesivo, y fíjate todo lo que ha sobrado.
No te preocupes madre, replicó el hijo, son las ventajas de celebrar cuando mejor nos viene.
La madre, asintió confundida, sin recoger los platos, se dispuso a echar su inamovible, siesta, y en el tránsito de la cocina al salón, se dio cuenta, era el ocho de Enero de 2044.