El día que se llevaron a mi padre.

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Mi padre y yo, el 24 de diciembre de 2018.

En la ignorancia de mis pensamientos, cuando imaginaba la hipotética situación de un asalto a mano armada hacia mi persona o mis familiares, siempre volvía la pregunta a mi mente de « ¿qué me podrían quitar a mí?» «No tengo mucho, verán que no hay que robar y se irán»

Eso, hasta que un día se llevaron a mi padre.


Cronología de tiempo.

La “ultima carrerita”.

23 de diciembre de 2019. 8:40. pm – 9:10. pm.

Es recibida una llamada de mi padre en la que, brevemente, mi madre y él intercambiaron información sobre los quehaceres realizados. El último contacto que tuvimos con él desde su teléfono celular.

En esta, parafraseando, mi padre le preguntaba a mi madre, si los preparativos llevados a cabo ese día con respecto a la comida navideña, habían culminado; de ser así, este se dirigiría a la casa a cenar. Más sin embargo, mi madre respondió, que se estaban realizando las ultimas hallacas, y que se estaba montando el agua para cocinar algunas.

Mi padre estaba a pocos minutos de la casa comprando una botella de licor para celebrar, luego de terminar una larga jornada laboriosa “taxiando y haciendo carreritas”. Se toma unos segundos para pensar…

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El círculo azul representa donde está ubicada nuestra casa. La "x" roja, el sector en el que se encontraba mi padre. Se denota la poca distancia que nos separaba.
Fuente: Google Maps

Más sin embargo, mi padre decide hacer una “ultima carrerita”.

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Aquí se pude vislumbrar la bifurcación de los dos caminos. El que redirigía a nuestra casa, y el tomado por mi padre después de decidir hacer una última carrera.
Fuente: Google Maps


Preguntas sin respuestas.

23 de diciembre de 2019. 10:30pm.

Mi madre, preocupada, se empezaba a preguntar «¿dónde está tu papá?». Las elevadas horas de la noche, y un día como aquél, no meritaban tanto retraso. La preparación de todo había culminado, por lo cual solo quedaba limpiar.

Las llamadas no eran contestadas. Y el whatsapp tenía una última conexión a las 9pm.

Unas optimistas hijas intentaban calmarla con comentarios alentadores.

Aproximadamente media hora después.

Una llamada en el teléfono de casa, atendida por mi hermana Lilian, nos daba esperanza de oír un “Discúlpenme, se me descargo el teléfono, ¡ya voy para allá!” pero en su lugar, mi hermana agitada, empieza a buscar el número telefónico de un compadre de mi padre que vive a tan solo una urbanización de nosotros. Aquel tenía el teléfono apagado, por lo cual nos vimos en la premura de conseguir a alguien que nos pudiera ayudar a esa hora, pero primero debíamos saber: donde estaba mi padre, que había pasado y porque no nos quería decir.

«Se ha accidentado» Fue lo que quise pensar. Empezamos a llamar a su teléfono, pero nadie atendía. Entonces el devolvió la llamada –en el teléfono de casa no puede reflejarse el número de llamada entrante– y nos hizo entender que no debían llamar ahí, sino a un número que era desconocido para nosotras hasta ese entonces. Exigimos que nos dijera donde se encontraba, y fue cuando accedió a dar la dirección de un lugar casi inhabitado y a las afueras de la ciudad. En una bomba de gasolina.

Las alarmas de mi madre, ya preocupada, se activaron. Empezó la tensión e imaginación a inundarnos la cabeza.

¿Cuál era el motivo de tanto misterio? ¿Pensaba que nos iba a preocupar más de lo que ya estábamos? ¿De quién era el teléfono de donde nos llamaba?


La noche eterna.

23-24 de diciembre 2019. 11:30pm – 12:30pm.

Casualmente el novio de mi hermana, quien aún no estaba dormido, manejaba dirección al centro para dejar a su hermano en la residencia. Hasta que recibió la llamada desesperada de mi hermana, pidiéndole que fuera al auxilio de mi padre.

Durante ese transcurso, mi hermana telefoneo varias veces a su novio haciendo preguntas, de las cuales solo recibió vagas respuestas. Y el tiempo se hizo lento, exageradamente lento esperando a la llegada de mi padre.

Cuando por fin llego el carro del novio de mi hermana, y ella agitada con la puerta abierta fue a preguntarle donde estaba mi padre, él le respondió «Viene atrás». Pero ningún auto, además de ese, llego nunca.


Mi padre salió del asiento trasero, sin camisa, y con marcas en sus brazos y piernas. Si algún alarido de sorpresa hizo eco en nuestra casa, ni siquiera lo notamos, el reencuentro opaco cualquier detalle exterior.

Y obtuve respuesta a aquella primera pregunta fijada en mi mente: « ¿qué me podrían quitar a mí?» La vida de mi padre, se podrían llevar la vida de mi padre, que frente a cualquier objeto, material físico, no tenía comparación alguna.

Mi padre había sido secuestrado por criminales que querían robarle su auto y todo lo que llevaba dentro. Fue apuntado con un arma de fuego durante todo el recorrido hasta donde lo dejaron. Momento en el que lo hicieron bajar en un lugar desolado y de monte alto; ordenándole que bajara la cabeza, lo apuntaron en el cráneo, y en ese momento pensó que realmente moriría. Lo cual no sería una sorpresa, ¡vaya! Por la cantidad de asesinatos que se dan en el país motivados por situaciones de este estilo. Los criminales fueron dos hombres que fingieron querer una una carrera. La “última carrerita” fue verdadera, en aquel auto, que en verdad poco se extraña, porque la mayor bendición fue tener a mi padre de vuelta.

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El lugar marcado con “x” o cruz, fue la parada en la que los criminales subieron al auto.

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Mi padre auxiliando sus carros. Esta foto fue tomada a forma de chiste, haciendo referencia a que mi padre los quiere –o quería mucho– y estaba con los dos amores de su vida. El blanco fue el robado.

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El 24 de diciembre llegaban llamadas de familiares lamentándose, y alentando a mi padre. Pero en verdad nosotros estábamos agradecidos con Dios, de que haya sido un carro y no él.

Nota de autora: Espero les haya gustado, gracias por leer ¡se les quiere! <3

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