La lentitud me permitió descubrir cosas que nunca antes habían llamado mi atención.
Siempre recorro ese trayecto pero, con la lengua afuera por miedo a llegar tarde a la oficina.
Me sentí como un turista en un país lejano, solo me faltaba la cámara colgando del cuello para documentar lo apacible y pintoresco de esos paisajes.
El césped de las casas lucía perfectamente cortado, las combinaciones florales de los jardines eran canciones para los ojos, el olorcito a milagro caliente que provenía de la panadería, convocaba al apetito con mantequilla y café con leche y las coloridas bufandas de los chicos entrando a clase, parecían pintar de alegría la vieja escuela.
La ambulancia circulaba a marcha moderada y sin estrepitar con su sirena… ¡Increíble!
Hasta el barrendero me sorprendió, le daba artística forma al montículo de hojas que luego volcaría en la bolsa.
Todo resultaba tan diferente que bien podía yo, estar invadiendo los decorados de un corto de cine.
Al ferretero lo tenía registrado desde el ombligo hasta la cabeza, siempre atrincherado en el mostrador detrás de un montón de porquerías. Muchas veces me pregunté ¿tendrá piernas este hombre?
Efectivamente las tenía, ahí venía cruzando la calle para abrir su negocio. Yo lo hacía más alto, pero eso no importa porque me saludó con una amplia sonrisa, olvidando poner cara de tornillo milimétrico tal como lo hace cuando uno llega a él en busca del mejor consejo para arreglar las ventanas o el sifón del lavaplatos.
Al llegar a la avenida noté con asombro que la larga cola para viajar había saltado por el trampolín de los recuerdos, solo un par de individuos me antecedían.
Dormir cincuenta minutos menos, resultaba un precio muy económico para comprar a diario estas mañanas de ensueño. Prometí en lo sucesivo no remolonear más antes de levantarme.
Sin duda, esta forma de empezar el día le daba a mi vida otro sentido.
Seguían ocurriendo cosas impensadas, la siguiente sorpresa fue el micro. Se aproximó a la parada en menos de tres minutos, subimos entre recíprocos buenos días con el chofer.
Este lucía brilloso y perfumado mientras nos hacía escuchar a Vivaldi lo guiaba con verdadero esmero, además tomé asiento. Ese fue otro milagro.
En la siguiente parada los pasajeros se fueron repartiendo entre asientos y pasillos, me tocó ofrecerle el mío a un anciano cargado con bolsos y paquetes, al tiempo que mujeres y hombres se acomodaban en silencio.
Llegó apurada, poco faltó para que el chofer cerrara las puertas del micro.
Cuando la vi dejé escapar un ¡Ah bueno…lo que faltaba!
Después de subir se abrió paso y quedamos frente a frente.
Jamás pensé que la encontraría ahí, fustigó los míos con el verde esmeralda de sus hermosos ojos, quedé estupefacto.
Era ella, la reconocí de inmediato, sobriamente maquillada, con su corte de cabello afrancesado y envuelta en un abrigo al que acompañaba un bolso de mano en fino cuero.
Sin dudas que era ella, la de mis sueños. No dejamos de mirarnos con un deseo frenético, también ella me había encontrado.
De pronto su mirada pareció hablarme y se dirigió a la puerta, hizo sonar el timbre de parada y antes de bajar volteó una vez más.
Un mar cálido me empapó el cuerpo, no podía dejarla escapar, tenía que poseerla. Tras ella descendieron algunos otros y yo también.
Me adelantaba por dos calles, cuando giró en la esquina apresuré el paso, no quería perderla.
Antes de entrar a un edificio volvió a mirarme. Separados por escasos metros recorrimos el largo pasillo, de pronto abrió con rapidez una puerta y entró.
Sin vacilar hice lo mismo.
El lugar estaba entre sombras. No la vi pero, escuche su pedido.
Como implorándome dijo
-Amor mío, cierra la puerta por favor- Cuando lo hice se encendió la luz de una lámpara y apareció su imponente figura.
Se agigantó ante mi como una montaña, en ese ámbito lucía mil veces más bella.
Tras un instante de silencio infinito, con tenue voz preguntó
-¿Cómo te llamas?
-Sergio le respondí y tu nombre cuál es?
No contestó la pregunta, dijo
-Acércate, quiero que me veas bien
Mis pulsaciones volaban otras galaxias, di tres pasos y nuevamente me invadió su subyugante perfume.
Comenzó por desprender uno a uno los botones del abrigo mientras decía
-Nunca otros ojos me excitaron tanto, deseo pertenecerte
Cuando dio cuenta del último botón tuve ante mis ojos su completa desnudez. No podía creer lo que estaba viendo.
Su boca se abrió para decir
-Soy Mario ¿te gusto?
Ahora estoy preso por agredir a quien creía era la mujer de mis sueños.