Caminaba despacio. Al abrir la puerta, se sentó próximo a ésta, en uno de los asientos laterales y que se encontraban vacíos. Miró de un a otro lado del vagón a ver si hallaba a alguien de su interés. No pudo. Bajó la cabeza y con la mirada dirigida al suelo, cerró los ojos. No pensaba nada en particular. Parecía que su cuerpo obedecía a una rutina bien aprendida. El sonido del tren al desplazarse y acercarse a la próxima estación, le introdujo de nuevo en el ambiente y se dispuso a observar quienes llegaban. Ninguno de quienes entraron, pareció llamarle la atención. Les vio pasar por el portal como un bloque y desintegrarse de manera dispersa para colarse e introducirse copiosamente en todo espacio vacío. Cansado de la escena y de la acostumbrada falta de novedad, cerró los ojos en repetida posición. Llevaba rato así, deambulando imaginariamente por la lista de pendientes que tenía para esa tarde una vez llegado a su apartamento. De pronto, un frenazo imprevisto del conductor, hizo que cada cual se desplazara y buscara el apoyo más próximo. Entonces, como si de maleza se tratara, se apartaron las hierbas a uno u otro lado, y pudo observar a una chica sentada diagonal a él. Ella no parecía haberse percatado de la presencia suya, ni ser consciente, intuitivamente, de la intensa mirada que le vigilaba, dándole a él tiempo para una detenida y minuciosa contemplación. Le agradaba su aspecto y su semblante. Pudo observar sus ojos, labios, pecho y piernas... Llevaba un escote pronunciado y una falda que no dejaba lugar al recato. Sus piernas se cruzaban como si fueran una cerradura. Aunque él insistía en mantener la mirada atenta, no hallaba el momento en que ella volteara. De pronto, unos dos pasajeros se movieron en dirección a la salida y al seguirlos con la mirada y bajarla, ella logró encontrar aquellos que desde hace rato la escrutaban. Ninguno de los dos bajo la guardia. Ambos se hallaban prestos a no ceder en primer momento. Parecía como si se hubieran sincronizado y que la conexión establecida necesitara, desde ese instante, un empeño mutuo e inagotable. Sin embargo, ella debió desenlazarse para poder tener oportunidad de evaluar a su observante. Su mirada fue explorando poco a poco cada rincón. Se notaba a simple vista su agrado hacia lo que veía. Fijo la vista en la cara, luego en el pecho y brazos y, finalmente, en las piernas. Comenzó un delicado y discreto jugueteo con su pelo y labios. Tomaba pequeñas porciones de éste y los acariciaba lentamente entre sus dedos. Mordía suave sus labios, pero de manera vistosa. Era evidente el interés mutuo. Él no paraba de observarla. Era vistosa la emoción que precariamente ocultaban sus ropas. No había lugar para la espera. Ambos eran conocedores del protocolo adecuado a estos casos. Se mantuvieron discretos y, pasados unos minutos, se levantaron y se acercaron al portal de la puerta, en espera de que ésta se abriera. Ninguno llegó temprano al trabajo al día siguiente.