Es muy posible, que las primeras referencias a la escalera, estén contenidas en ese conjunto de historias para no dormir, que es la Biblia, cuando el pobre Jacob, de profesión sus labores, apoyó su cansada cabeza en una piedra singular, denominada Betel y soñó con una.
En su sueño, la escalera era un intercambiador entre mundos, por la que subían y bajaban los ángeles.
Hay escaleras menos significativas, aunque no necesariamente menos elaboradas y fantásticas, la belleza de cuyos elementos puede hacernos pensar, que como los ángeles de Jacob, nosotros también tenemos la oportunidad de acceder a otros mundos.
Mundos, quizás tan frágiles como una pompa de jabón, como glosara Machado, en donde los diferentes objetos artísticos constituyen metafóricas estaciones en las que detenerse y dejarse llevar por la evocación de su mensaje.
Escaleras que nos elevan a la cima de la belleza y posteriormente nos devuelven otra vez a la tierra, dejándonos la sensación en el alma de que hemos viajado a través del tiempo y permanecido algunos minutos en otros cercanos y a la vez inalcanzables universos.
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