No es la orilla lo que buscan,
sino el espejismo de un puerto que no existe.
La sal del mar no endulza la memoria,
y el sol testigo terco quema las promesas,
que otros trajeron prestadas.
El vecino con el puño apretado,
señala al viento, al que pasa, al que no supo,
la tierra en su giro pausado,
se niega a ser el lienzo de sueños ajenos.
No sirve el afán si la raíz es otra.
No es falta de razones,
parece el eco de una voz que no escuchó.
Construir castillos con los planos de un reino,
que no conoce el peso de esta arena,
es dialogo con sombras de una lengua extranjera.
El sueño de los otros es un traje
que nos queda ancho en los hombros.
No puede el río desandar su cauce,
para llevar el nombre de otro río.
La sangre sabe a isla, no a fiordo.
Hay dedos que acusan y palabras que arden,
la tarde se deshace en el mismo horizonte.
Nadie preguntó jamás por la semilla,
todos querían el árbol,
más ninguno el suelo que lo hizo posible.
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