Nunca se dejaron vencer, pensando que su soledad no era sinónimo de olvido y aunque hace tiempo que los blasones dejaron de cantar hazañas de gloria y guerra, su silencio es la solera y el orgullo de sus inmemoriales raíces.
En ocasiones, sus Plazas Mayores vuelven a sonreír con el entusiasmo infantil de unos niños que ven en los soportales, en la fría conjunción de unas piedras sementadas con el arduo sudor de unas frentes hace tiempo retornadas al polvo de la tierra, un mundo nuevo por explorar y descubrir.
Sensación que también comparten unos adultos, que colgándose ocasionalmente el traje de los domingos, se acercan a pasar el día, siendo recompensados por el dulce sabor de los recuerdos.
Recuerdos, más dulces aún si cabe, cuando se mezclan con el olor a tradición que se desprende de los viejos hornos, donde el trigo y el cordero se convierten en eucaristía y al trasiego del buen vino, lavan los pecados del hambre.
¿Qué tiene Castilla, después de todo, que aún madre y madrastra, nos sigue fascinando, haciéndonos caer en la perdición de su eterno hechizo?.
Será verdad, entonces, aquél viejo refrán que dice: genio y figura…hasta la sepultura.
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