Los cuentos de Andersen en Madrid

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Lo reconozco –y no añadiré lo de ‘y a mucha honra’, porque al igual que el valor, tal y como figura en mi cartilla militar, ‘se me supone’- que soy y creo que seguiré siendo un romántico empedernido hasta el día en el que, de común acuerdo con la Parca, pongamos fin al contrato cuyos hilos nos unen en esta vida y a partir de entonces, siguiendo las directrices del absurdo humor de los Hermanos Marx, mi espíritu vuele libre, volviendo a ser otra vez la parte contratante de la primera parte contratante.

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Todavía se recuerda, en la calle del Caballero de Gracia, ese edificio modernista, actualmente reconvertido en hotel, donde se alojó Hans Christian Andersen -¿les suena el cuento de la sirenita, entre otros?- durante ese periodo de su existencia en el que deambuló por las calles de un Madrid, que es de suponer hubieran inspirado también los terribles dramas humanos de las historias de Dickens.

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Antes de que el Covid-19 figurara como cabeza de lista para darnos sus crueles pases de verónica y descabellarnos con celtíbera contundencia, ya existía ese Madrid marginal, invisible para el ojo confiado que suponía que vivía en ese cuento moderno, de hadas y economatos, que es un estado del bienestar, en el que lo peor que podía pasarte, es que, por alguna imprevista circunstancia, olvidaras la época de rebajas o incluso, rizando el rizo, no llegaras a tiempo de disfrutar las increíbles ventajas de los Black Fridays.

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Pero el otro día, paseando por esas calles del Centro de Madrid, llenas de historia y de leyendas mucho más negras que los famosos viernes que tanto están de moda, vi a un curioso personaje, de esa generación Beat que se perdió con Kerouac en los polvorientos caminos que llevan a todas y a ninguna Ítaca, y por cuestión de asociación, recordé el cuento de Andersen, titulado ‘La caja de cerillas’.

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Y creí observar, en esos ojos cansados de mirar sin ver, como dijo una vez un grandísimo poeta, la misma esperanza que vino a buscar a la pequeña niñita desamparada, cuando consumió el último fósforo para calentarse y el Ángel del Invierno se la llevó consigo a ese País de Nuncajamás, donde recuperó unas alas, que nunca debió de haber perdido.

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AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.
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