No temo a la muerte que con su inefable presencia llegue algún día a reclamar mi alma terrenal.
Ni a la soledad que con su magnética llegada muestre sus encantos en el alfeizar de mis afectos para hacerme compañía en los días tristes de un futuro incierto.
No temo a los fantasmas de seres que ya desaparecieron dejando el plano donde existimos, ni a las promesas o maldiciones que algún día dejaron como herencia.
A la desnudez sicalíptica que bombardea las testosteronas con la intención de doblegar el balance de cordura que mantienen las neuronas.
No temo al ateo que denigra de cualquier entidad que sobrepase su parca credulidad, porque esta es tan delgada como el eje imaginario del átomo.
A la violencia desmedida de la naturaleza que reclama el espacio que bárbaramente hemos violado.
No temo al dolor aunque este logre crear sismos desgarradores en mi siquis y sea triunfador en muchas batallas efectuadas en el pasar por la odisea de vivir.
Al violento que con sus ínfulas de superdotado cree tener la llave mágica que logra subyugar las voluntades de sus semejantes sin haber dominado la suya propia.
No temo al hambre que azota nuestros estómagos, ni a las enfermedades que como espadas de los dioses van minando nuestra salud y transformando nuestros cuerpos en clientes potenciales de la parca.
Tampoco temo a la traición que se mimetiza como ingenua paloma acompañándonos, ni al odio que envenena el alma y transforma la vida de las personas que lo albergan, en un suplicio permanente.
Solo temo a una cosa:
A mi mismo.