El sábado aun en el mediodía los estragos de la fiesta eran visibles en toda la casa, la música de despecho salía del equipo de sonido coreada por el tío Miguel quien en estado de ebriedad aun libaba los últimos tragos restantes, todos los demás dormían cuando me desperté.
El tío hacia honor al apodo colocado por sus amigos quienes cambiaron el diminutivo de Miguelito por el de Miguelitro, decían los mismos que la afición al alcohol le comenzó como producto del abandono de su esposa, pero yo que entendía muy poco de esto no le tomaba gran importancia, pero sí a los regalos de la noche anterior.
De todos ellos el mas querido era el de mis padres, quienes conociéndome como ninguno me obsequiaron una bicicleta, algo que anhelaba mucho, con dos ruedas pequeñas adicionales para mantener el equilibrio mientras aprendía a conducirla.
Toda la mañana el jardín y los alrededores de la casa me sirvieron de campo de entrenamiento y de alfombra para mis caídas espectaculares en donde demostré mi resistencia a los golpes, mi coraje y la rabia que cada una me daba, sobre todo la que ocurrió enfrente ante la mirada sonriente de mi vecina, a quien le adiviné burla en sus ojos cuando me levanté con los ojos aguados por el impacto.
Después del almuerzo mis primos invadieron de nuevo el lugar y entre todos terminamos por comernos el resto de dulces y galletas, mientras que los mayores continuaron sus brindis sin la compañía del tío alcohólico quien yacía tirado en el piso del cuarto.
Manuel, el mayor de todos me demostraba en mi bicicleta sus habilidades para dominarla y en pocos minutos la misma ya carecía de las dos ruedas adicionales convirtiéndose en vehículo de cross para dar saltos sobre obstáculos y correr en zigzag alrededor de la camineria del jardín.
A media tarde ya mi regalo preferido era de todos menos mío, ya que la mayoría sabía conducirla y cuando me tentaban a hacerlo mi miedo lo impedía.
-No seas gallina Paulito, es fácil. -me gritaba uno
-¿Para que pides una bicicleta si no sabes manejarla?. -me decía otro.
Total que me armé de valor y decidí domar el potro bravío de dos ruedas.
Me monté todo tembloroso en tanto Manuel me giraba instrucciones.
-Solo tienes que mantener el equilibrio, agarra fuerte acá y pedalea suave de manera recta sin moverte a los lados para que no te caigas.
Tragaba grueso y sudaba como un obrero de la construcción en pleno sol.
-¿Te suelto?
-No, todavía no. -mas que pedir imploraba.
Manuel decidió darme una vuelta sosteniéndome la bicicleta e intentando que comprendiera sus clases de manejo.
Esto me dio confianza y a los minutos le pedí.
-Déjame intentarlo ahora solo.
Así lo hizo.
Pedaleé unos metros sosteniéndome ante la emoción que eso me causaba y ante el asombro de mis primos, pero me descuidé y sin darme tiempo a reaccionar fui a estrellarme en el jardín, pisando algunas plantas florales y acabando en una de rosas llenas de espinas.
Fue tan aparatoso el momento, que por segundos todos guardaron silencio y seguidamente como impulsados por un deseo contenido en vez de ir a rescatarme se echaron al suelo a reírse de mi desventura.
Me clavé varias espinas y más que de dolor, de rabia comencé a dar gritos llamando la atención de los adultos que corrieron a rescatarme.
La sangre me fluía por las heridas en la cara, los brazos y las piernas.
Mi padre me llevó en sus brazos hasta el comedor, donde mi madre me fue curando.
-¿Cómo se te ocurre quitarle las ruedas a la bicicleta Paulito?
-Yo no fui. -gemía
El accidente provocó el final de los juegos en el patio y el comienzo de los mismos en la televisión con los videos juegos, hasta la despedida de todos.
El domingo me llevaron al parque y colocaron nuevamente las ruedas adicionales a mi bicicleta logrando vencer el miedo.
Siguiendo los consejos de mi padre pude mantener el equilibrio por mucho mas tiempo y ya a las semanas era todo un corredor profesional en bicicletas de 4 ruedas por lo que pasamos a 3 y luego a 2, claro esto como producto de mi esfuerzo y dedicación para aprender y no ser el hazmerreír de mis primos quienes quedaron desilusionados ante mi rápido aprendizaje.
Cada dos domingos por mucho tiempo mi padre optó por llevarme en la mañana al parque para evitar que algún accidente o descuido terminara con mi integridad física y la de mi regalo ya que la calle por donde vivimos era muy transitada.
Entre lo mucho que aprendí sin dudas lo mas importante es que para aprender hace falta tener el interés, colocarle pasión y ahínco.