Como actividad intelectual, que es la que trato de ejercer, intento atraer la atención hacia ciertos escritores, pensadores, artistas de nuestro tiempo. Aquí algo de ese propósito, por medio de una microficción.
Umberto Eco, que falleció el 19 de febrero de 2016, es uno de los más importantes y prolijos teóricos de la literatura y el estudio de los signos (semiótica), además de novelista en sus últimas décadas de vida, como en El nombre de la rosa, El péndulo de Foucault y la La isla del día de antes.
Tanteaba entre sus libros y escritos, arrumados o dispersos en su caótica biblioteca. No podía recordar de quién era aquella frase: "Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”; podía haberla dicho él. Pero no, algo le decía que no era así. ¿Borges? Recorría su enorme biblioteca (como la imaginada de Alejandría o de Babel); no sabía si estaba allí, o era un pensamiento de Guillermo de Baskverville que paseaba por los estantes de aquel monasterio que imaginó en El nombre de la rosa. La vida era un péndulo o una isla; igual daba, pues se despedía dejando esta época, tan expuesta a un extraño movimiento entre lo apocalíptico y lo integrado. Suspiró, pensando en los hermosos senos de Sophia Loren.
En algún momento trataremos de sintetizar sus principales proposiciones teórico-críticas, de las más importantes para la asunción de la concepción de la literatura en tiempos actuales, lo que no es nada fácil de hacer por este medio. Por ahora solo les reproduzco un fragmento de su Intoducción a Lector in fabula, donde hablando de un concepto clave en él: la cooperación interpretativa, dice:
(…)la actividad cooperativa, en virtud de la cual el destinatario extrae del texto lo que el texto no dice (sino que presupone, promete, entraña e implica lógicamente), llena espacios vacíos, conecta (…)
Gracias por su atención.
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