Clara: —Estoy alucinada. Lo fundamental para nosotros son los pergaminos del siglo XIV.
Leo: —Yo creo que, en el juzgado, han leído todos los documentos, porque, aunque el juez no me decía nada en el despacho, me miraba de arriba abajo. Yo creo que no podía disimular bien el disgusto que tenía por que esos baúles salieran de Francia, y un español se los lleve. Pero los franceses se ve que no hacen trampas, y menos habiendo por medio certificado de últimas voluntades. ¡Una herencia es una herencia!
Clara: —¡Entonces, el juez vería que los pergaminos vuelven a España después de ser robados en el Bierzo durante la Guerra de la Independencia! Eso lo tiene que haber visto muy claro. En definitiva, es lo que más valor tiene, porque las medallas, los uniformes y el resto de las ropas, incluso el diario, qué importancia pueden tener... Seguro que ha mandado descifrar los escritos en leonés y castellano antiguo.
Leo: —¡Seguramente...! Porque el funcionario, secretario o lo que sea, al salir, me dijo con una boquita medio cerrada, arrugando los labios, abriendo los ojos y levantando las cejas: “Lleva usted ahí un tesoro histórico”.
Clara: —Bueno, lo importante es que tienes ahí los pergaminos. El resto no importa tanto...
Leo: —¡Sí, sí...! Eso lo he tenido muy claro. Por eso los he dejado en el guardamuebles bien seguros y no me separaré de ellos. En la caja fuerte de la habitación no caben, sólo vale para meter joyas y objetos pequeños, pero cada vez que salga del hotel le diré en la recepción que me guarden este diario en un sobre. ¡No me fío ni un pelo!
Clara: —¿Los has leído? ¿Has intentado leer los pergaminos?
Leo: —Tuve que comprar una cartera grande; me fue difícil encontrar una en la que cupieran. Pesan como un demonio, como dicen en los pueblos de León.
Clara: —¿Todavía no has comprobado si falta alguno?
Leo: —Todavía no. Pero... ¡Si es que no he parado! He estado todo el día de aquí para allá, y hasta las seis de la tarde anduve liado. Estaba todo colocado tal y como yo lo había visto hace veintisiete años, oliendo a alcanfor todavía... Lo habían dejado tal y como estaba todo. A lo mejor las ropas no las han tocado. No sé...
Clara: —Bueno, hombre... Eso es que Denisse había ido renovando las pastillas, que no son eternas. No van a ser las mismas de hace veintisiete años.
Leo: —Ya.
Clara: —Dime lo que pone. Mañana le sacas fotos a los pergaminos.
Leo: —Muy bien. Tendré que volver al guardamuebles.
Clara: —Pero, ¿dónde estás ahora?
Leo: —¿No te he dicho que en el hotel? En el hotel Tour Eiffel. En el centro de París. Está muy bien situado para desplazarme por la ciudad.
Clara: —¡Ah! Es que sólo veo la mesa. Enchufa hacia la habitación, que la vea.
Leo: —¿Ves ahora?
Clara: —Sí, sí. No tiene mala pinta.
Leo: —Antes, intentaba dirigir el foco para que vieras el cuaderno.
Clara: —Enfócalo mejor, que no se ve bien.
Leo: —¿Ahora?
Clara: —Enfoca la cámara de cerca que vea bien la firma de Counillac.
Leo: —¿Ves ahora mejor?
Clara: —Sí, sí. Estoy leyendo. Estoy emocionada. ¡Impresionante! ¡Impresionante!