Sí. Pero no porque el feminismo haya dejado de tener problemas que resolver, sino precisamente porque una ideología que pretende hablar en nombre de las mujeres debería ser capaz de soportar una pregunta bastante más incómoda: ¿qué ocurre cuando la mujer deja de ocupar el lugar moral que la propia ideología le ha asignado? Ahí es donde, para mí, empieza el verdadero problema. El feminismo contemporáneo ha construido buena parte de su discurso alrededor de una identidad colectiva y de una estructura de poder donde las categorías parecen estar previamente distribuidas: mujeres como grupo históricamente vulnerado, hombres como grupo históricamente dominante. El problema aparece cuando la realidad introduce individuos que no encajan convenientemente en esa ecuación. Porque una mujer puede ser víctima, pero también puede ser victimaria. Puede ser discriminada, pero también puede discriminar. Puede sufrir violencia y también ejercerla. Puede ser extraordinariamente vulnerable y, en determinadas circunstancias, disponer de muchísimo poder. Esto no destruye la necesidad de defender los derechos de las mujeres; destruye, más bien, la comodidad de pensar que una identidad determina automáticamente una posición moral. Y para mí esa diferencia es enorme.
Ahí es donde empiezo a desconfiar de cualquier ideología que convierte la identidad en argumento. Cuando pertenecer a determinado colectivo comienza a funcionar como una especie de crédito moral previo, la discusión deja de estar determinada por lo que una persona hizo y empieza a estar determinada por quién es. Eso me parece particularmente peligroso porque es exactamente el mecanismo que podemos encontrar en cualquier sistema dogmático: primero se establece una categoría moral y después se interpreta la realidad para protegerla. No hace falta que alguien sea incapaz de razonar para caer en eso. Basta con que considere determinadas conclusiones moralmente inaceptables antes de examinar las pruebas. Y entonces ocurre algo bastante extraño: la razón deja de ser un instrumento para llegar a una conclusión y se convierte en una amenaza cuando conduce a una conclusión incómoda. No estoy diciendo que el feminismo sea una religión o una secta. Estoy diciendo que determinados comportamientos dentro de cualquier movimiento identitario pueden adquirir una lógica sorprendentemente parecida a la religiosa: pertenencia, ortodoxia, herejía, defensa del grupo y reinterpretación de los hechos cuando estos amenazan el relato.
El caso al que aludo es especialmente útil para plantear esa incomodidad. Si una mujer es acusada y posteriormente condenada por delitos extremadamente graves, con pruebas suficientes para establecer su responsabilidad, ¿por qué debería recibir una consideración moral diferente simplemente porque es mujer? Y si alrededor de ella aparece una comunidad que intenta reinterpretar lo ocurrido desde la condición femenina de la acusada, entonces la pregunta deja de ser sobre esa persona concreta. Se convierte en una pregunta sobre la ideología. Porque nadie puede defender seriamente la igualdad y, al mismo tiempo, asumir que una mujer necesita una explicación especial para responder por sus propios actos. Si una persona mata deliberadamente, el sexo de esa persona no convierte el asesinato en una categoría moral distinta. Puede explicar determinadas circunstancias; jamás debería determinar por sí solo el juicio sobre el acto. Y esto conduce a algo que parece obvio, pero que ciertos discursos feministas parecen olvidar cuando resulta inconveniente: las mujeres también pueden ser crueles, manipuladoras, violentas, abusivas y perfectamente conscientes de lo que hacen. No reconocerlo no protege a las mujeres. Las infantiliza.
Por eso creo que el feminismo necesita enfrentarse a una contradicción que lleva demasiado tiempo esquivando: si pretende combatir los estereotipos de género, no puede reemplazarlos por estereotipos moralmente favorables hacia las mujeres. Decir que históricamente las mujeres han sufrido determinadas formas de violencia y discriminación es una afirmación perfectamente compatible con reconocer que algunas mujeres pueden ejercer violencia, discriminación o abuso. Una cosa no cancela la otra. El problema aparece cuando la pertenencia al colectivo se convierte en una especie de absolución anticipada o cuando cualquier crítica dirigida contra una mujer es interpretada automáticamente como misoginia. Esa lógica termina produciendo algo profundamente paradójico: una ideología que nació cuestionando la idea de que el sexo debía determinar el destino de una persona termina utilizando el sexo para explicar su comportamiento. Y entonces volvemos exactamente al lugar del que pretendíamos escapar. Ya no se trata de individuos capaces de responder por sus decisiones, sino de representantes de grupos enfrentados.
Quizá, entonces, la redefinición que necesita el feminismo no consista en hacerlo más radical, más moderado, más inclusivo ni más popular. Quizá consista en hacerlo menos dependiente de la identidad. Si realmente quiere defender la igualdad, tendría que aceptar una regla bastante sencilla y bastante incómoda: una mujer no merece automáticamente más credibilidad porque sea mujer, del mismo modo que un hombre no merece automáticamente menos credibilidad porque sea hombre. La víctima merece justicia. El acusado merece garantías. El culpable merece responsabilidad. Y ninguna de esas tres cosas debería depender del sexo. Si una ideología no puede aplicar sus propios principios cuando el resultado le resulta desagradable, entonces no estamos ante principios, sino ante preferencias protegidas por una identidad colectiva. Por eso mi respuesta es sí: debemos redefinir el feminismo, pero empezando por retirar de él una idea que considero profundamente problemática: que defender a las mujeres significa defenderlas incluso cuando los hechos las contradicen. No. Defender a las mujeres también significa reconocer su plena capacidad para ser responsables de sus actos. Y, paradójicamente, quizá la manera más seria de dejar de tratarlas como una categoría especial sea asumir de una vez que pueden ser exactamente tan humanas, contradictorias y moralmente responsables como cualquier hombre.