Mi casa es un abrazo.
Si salgo, sigo metido en ella,
si no estoy, nunca salí.
No hay forma de que me deje afuera,
ni cuando estuve lejos porque estiré mis pasos,
ni cuando estuve alto porque alargué mis manos,
ni cuando estuve ahogado porque me hundí en el llanto.
Fue duro cargarla en el corazón y no poder entrar,
es lo más triste de estar fuera de ella,
no tener su abrazo cuando frente a los ojos
los abrazos pasan metidos en las manos de otros
o pasan solitarios, sin casa;
abrazos inmigrantes que perdieron la suya
y se fueron quedando en su pura tristeza huracanada,
porque la casa grande,
porque el abrazo inmenso de la madre casa,
le cortaron los brazos los canallas,
los volvieron pedazos para que no se unieran,
para que cada quien buscara por su lado.
Tuve otros brazos que me dieron sus casas:
una infinita madre puso el pan en mi boca,
un colosal hermano puso el techo en mis ojos,
una niña lectora puso el fuego en mi alma
y un amor de los nobles, masticó mis tristezas,
pero mi casa
seguía siendo el abrazo que me estaba creciendo
por fuera de mis brazos.
Por ahí siguen regados los huérfanos de casas;
los abrazos que faltan a las madres,
(mi hija, que me dejó una carta en llanto anudado)
Aquí siguen las casas con sus brazos al cielo
calentando la espera con los puños cerrados;
ya no aguantan los techos, se no vienen encima
con el último abrazo que nos parte los sueños.
Imágenes de mi autoría, tomadas con mi Samsung j4